Santa Teresa: ¿solo una vía alterna para ir a Machu Picchu?

No hay que ser creyente ni devoto para convertirse en uno de los tantos peregrinos de Santa Teresa. Eso no es necesario ni indispensable, como tampoco lo es agradecer un milagro encendiendo un cirio, pedir indulgencias rezando diez padrenuestros y quince avemarías o golpearse el pecho por los pecados cometidos y por lo que se cometerán en el futuro.
Nada de confesiones impactantes ni de milagros sorprendentes. Solo modestos pedidos al cielo para que el sol no sea infernal y la lluvia no se convierta en diluvio. También sencillas expresiones de deseos que se cumplirán pronto, gracias a Santa Teresa, siempre a Santa Teresa que acoge con calidez a los que creen, a los que dudan, a los que niegan… en fin, a todos los peregrinos que la visitan.
Ellos vienen desde lejos. Ellos cruzan la cordillera. Ellos se internan en el bosque. Pero, quiénes son, qué los motiva, qué es lo que buscan y encuentran en la Santa Teresa del Cusco, la Santa Teresa de la provincia de La Convención, la Santa Teresa de la Amazonía que nace detrás de las montañas de los Andes como si fuera un milagro geográfico, uno de los tantos que existen en el Perú.

Soy un de ellos. Un peregrino de la selva cusqueña. Un viajero que explora las comunidades, los bosques, los ríos, la flora y la fauna del Antisuyo (“la parcialidad o territorio oriental”, en español), como llamaron los incas a esa región boscosa y, a veces, inconquistable que se despliega como un manto de verdor tras una cadena de cumbres congeladas.
Santa Teresa es un destino amazónico emergente. Sus peregrinos llegan en buses y colectivos con el objetivo de acercarse a Machu Picchu por una vía alterna. Lo que muchos desconocen es que, en este distrito de la provincia de La Convención, a 221 kilómetros del Cusco y a 121 de Ollantaytambo, existe un rosario de atractivos que renovarán tu fe caminera.
Una ruta no tan santa

Aroma a café y sabor a frutas. Andanzas por senderos y colinas de la selva alta. Búsqueda de aves entre los claroscuros del amanecer. Relajo al caer la noche en unas aguas termales que acarician hasta el alma. Vivencias, nostalgias y recuerdos de un viaje que empezó con incertidumbre en el paradero de la calle Antonio Lorena del barrio de Santiago (a 15 min del Centro del Cusco).
Motor encendido. No hay marcha atrás, aunque continúan las dudas. Mejor preguntar. Mejor asegurarse. “Señor, va a Santa Teresa”. “No, a Quillabamba (la capital de La Convención), pero suba nomás, lo dejó en Santa María”. Confusión. Santa equivocada. Volver a preguntar, volver a asegurarse. “Señor, no voy a Quillabamba ni a Santa María”. “Suba nomás, yo le aviso donde bajar”.
Solo queda confiar, pagar (de 25 a 30 soles) y esperar que la ruta sea la correcta. El tiempo pasa. Ollantaytambo aparece tras las ventanas. Buena señal. Muchos viajeros inician su travesía en este punto. Lo que viene después es el sinuoso ascenso al abra Málaga, el paso natural entre la cordillera y la selva. El cielo se nubla. Arrecia el frío. Cae granizo a 4200 m s.n.m.

Los Andes se despiden. El panorama cambia. La selva empieza a mostrar su exuberancia. ¿Estaré cerca de Santa Teresa? Me gana la inquietud y le pregunto al pasajero que está a mi lado. “No tanto. Yo le paso la voz”, responde amable y cordial. Luego disipa todas las dudas sobre mi itinerario. Conclusión: estoy en la vía correcta, aunque el bus vaya a Quillabamba, aunque el bus me deje en Santa María.
“Ahí te bajas y tomar un taxi o colectivo hacia Santa Teresa”. Le doy las gracias y veo mi reloj. Hace cuatro horas que partimos, una más y estaré en Santa María. No voy a quedarme ahí. Subiré al primer vehículo que encuentre. “Te cobrará de 10 a 15 soles”, me advirtió mi compañero ocasional. Lo repito varias veces para convencerme y disipar mis últimas dudas.
Santa Teresa: ¿un lugar de paso?

El vehículo se detiene. “¡¿Quiénes bajan en Santa María?!”, vocifera el conductor. Varios pasajeros siguen mis pasos. Una hilera de casas a la vera de la carretera nos da la bienvenida. Ahora, recuerdo los datos de mi compañero de asiento. Estos son correctos, pero él omitió uno: no solo hay colectivos a Santa Teresa. Existe un camino pedestre, una ruta trekkera que une a ambas localidades.
Será para la próxima. Esa próxima con la que empecé a soñar sin haber pisado mi destino. Paciencia. Falta poco. Solo 25 kilómetros separan a las “santas” de La Convención. En una hora estaré en la calurosa Santa Teresa (1550 m s.n.m.) con sus zonas arqueológicas, con sus visiones de la selva y los Andes, con sus leds para avistar gallitos de las rocas, con sus aguas termales que atenúan el cansancio.

Conocer esos y otros lugares antes de emprender la ruta alterna a Machu Picchu, es una posibilidad que debes considerar al planificar tus vacaciones en Perú y el Cusco. Muchos no lo hacen por la ansiedad de arribar cuanto antes a la llaqta inca. Y si bien el trayecto por Santa Teresa es más largo, permite ahorrar varios soles y dólares. Algo que seduce y atrae a los turistas más jóvenes.
Si economizar es parte de tu plan, ten en cuenta que esta alternativa implica prescindir del viaje por vía férrea de Ollantaytambo a Aguas Calientes (el precio es elevado). Tú iras por carretera hasta Santa Teresa (6 h), donde tomarás un taxi colectivo a la Hidroeléctrica (30 min, 10 soles). Tu periplo no termina ahí. En este punto optarás por caminar (2 h) o abordar el tren Hidroeléctica-Aguas Calientes (30 min).
Ya en el pueblo elegirás entre llegar al santuario histórico de Machu Picchu en los buses turísticos (12 dólares) o hacerlo a pie. Si vas a caminar, ten en cuenta que subirás alrededor de dos horas. Es importante que compres tu entrada con anticipación y en la web oficial. Recuerda que estas tienen fecha y hora de ingreso. Calcula bien tus tiempos.
Rumbo a Llactapata

Mis recuerdos peregrinos —para nada santos, piadosos o indulgentes— me ubican en un paraje llamado Lucmabamba (2026 m s.n.m.), el lugar de partida de una calurosa experiencia pedestre de 12 kilómetros, entre campos de cultivo, entre pendientes exigentes y bajadas que tentaban al calambre, entre paradas en las que renovaba mis energías contemplando el entorno geográfico.
En Lucmabamba (a 10 km de la zona urbana de Santa Teresa) un cartel anuncia el ingreso a un tramo del Camino Inca, la legendaria y kilométrica red de senderos prehispánicos que impresionó a los conquistadores. Avanzo. Fotografío los sembríos. Ingreso a unas casas campesinas. Converso, aprendo, bromeo. Vuelvo a andar. Mis ojos se regocijan con las postales del nevado Padreyoc, de la playa Sahuayaco y de Tunki Huayco.

Al escribir estos nombres pienso en otras escapadas. El Padreyoc me transporta a Choquequirao, una zona arqueológica que mis anfitriones afirman que está en su distrito. Playa Sahuayaco me remonta al tercer día del circuito Salkantay-Machu Picchu, y Tunki Huayco es sinónimo de gallitos de las rocas, el ave nacional, que avisté en mi primer amanecer en Santa Teresa.
Kilómetro seis. Me detengo en una explanada. Machu Picchu y Huayna Picchu se perfilan en el horizonte. Abajo, el río Urubamba serpentea, mientras las nubes borronean las cumbres de un nevado. Esas visiones se complementan con las pircas de los dos recintos de Llactapata. Estos ostentan puertas de doble jamba y hornacinas trapezoidales en buen estado de conservación.

Momento de reflexión. Tiempo en el que trato de entender la función de este lugar. Fue un bastión militar, una pascana para recuperar fuerzas o un puesto de control que permitía registrar a quienes se acercaban a la máxima obra arquitectónica del Tawantinsuyo. Es difícil saberlo, como es difícil reiniciar la marcha. No quiero hacerlo, pero la hora avanza. Un largo descenso me espera.
Cocalmayo: relajo termal

Así de simple y así de claro: Santa Teresa no intercederá en el perdón de este pecado turístico, por más que le reces, ella no moverá sus influencias en el cielo. Advertido estás. Si no quieres quedar mal con la patrona del distrito que te acoge, tienes que ir a los baños termales de Cocalmayo (1600 m s.n.m.), cuyas aguas claras provenientes de la laguna Uripata, oscilan entre los 38º C y 44º C.
De día o de noche, sus tres piscinas abiertas son perfectas para reponerse después del largo viaje desde el Cusco o al final de una intensa jornada de exploración. Su cercanía a la zona urbana (20 minutos en auto) lo convierten en un atractivo accesible y llamativo. Los baños se encuentran cerca del río Urubamba o Vilcanota, el cauce que alimenta el Valle Sagrado de los Incas.
La peregrinación se termina. Hay rutas pendientes que refuerzan la promesa de volver que surgió en Santa María. Sí, retornar en busca de otras especies de aves, otras construcciones incas —como Pinchaunuyoc, en la fantástica ruta a Choquequirao—, otros senderos que se dirijan a Vilcabamba, uno de los bastiones de resistencia a la invasión española.
Sí, quiero ser otra vez un peregrino de Santa Teresa, porque sin ser creyente ni devoto, encontré en su territorio más de un milagro geográfico, histórico y natural. Milagros que te esperan en la Amazonía cusqueña, en el Antisuyo de los incas, en el bosque biodiverso que es el pulmón del planeta. Esa y otras razones convierten a este destino en mucho más que una vía alterna para llegar a Machu Picchu.
octubre 26, 2024