Puno: aventuras en el lago Titicaca

Diablos y arcángeles en calles y plazas que no son del cielo ni del infierno sino de una ciudad que reza, que baila, que brinda. Un anciano que predice las lluvias en las orillas de un lago con islas de verdad y otras que son tejidas por los descendientes de un antiguo pueblo. Un joven que recuerda las historias que le contaba su abuelo cuando los rayos rasgaban el cielo de su comunidad.
Si estás solo en la pampa y te cae un rayo y no te mata, te conviertes en un yatiri, una persona que sabe, que cura, que aconseja, que se entiende con los dioses y la naturaleza, también con los hombres. Pero si alguien te ve, aunque ese alguien esté muy, pero muy lejos, el rayo te quitará la inteligencia, te volverás un tonto. Ahora que lo sabes: ¿te arriesgarías a salir en una tormenta?
“No, claro que no. Prefiero quedarme como estoy: ni genio ni bruto” o algo así le respondí jocosamente al guía-nieto que en las orillas del Titicaca —el lago mítico del que emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo, los “hijos del Sol”—, me contó esta historia sobre los yatiris, los chamanes aimaras. Solo una de las tantas anécdotas y vivencias que he “cosechado” en Puno, un destino de altura, folclore y naturaleza.

Tantas veces, Puno. Con sus diablos y arcángeles, sus morenos y sikuris que bailan para la virgen de la Candelaria. Con sus ancianos sabios que pronostican una buena temporada de lluvias al ver el nido de un ave en la orilla lacustre. “Está alto —me dijo— eso quiere decir que el agua crecerá sino lo hubiera construido más abajo”, concluiría con absoluta certeza.
Lo miré admirado y le creí. Hay saberes que nacen de la observación y conocimientos que se transmiten por generaciones. Sucede lo mismo con los mitos y las leyendas que le dan identidad y sentido de pertenencia a los pueblos. Esas raíces ancestrales, convierten a esta tierra de quechuas y aimaras en uno de esos lugares que marcan e inspiran a los viajeros.
Rumbo al lago mítico

Eso lo sé. Eso lo he vivido al navegar hacia las islas del Titicaca, donde fui “adoptado” por una familia de comuneros, al relajarme en una playa que bordea los 4000 metros, al ver a los hombres tejer y a las mujeres trabajar el campo, al acompañar a los miles de devotos que lograron con su fe y su arte que la fiesta de la Candelaria fuera declarada Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.
Tantas experiencias en Taquile y Amantaní, lugares en los que se vive en comunidad y se mantienen varias costumbres prehispánicas; en el archipiélago que los uros construyen y tejen con totora desde tiempos inmemoriales, en la arena blanca de la playa Chifrón, en la península de Capachica —sí, una playa en el Titicaca—, y hasta en el matrimonio al que asistí en la isla de Anapia, sin conocer al novio ni a la novia.
Igual la pasé de lo lindo en la fiesta. Total, yo estaba en la isla y toda la comunidad fue invitada a la boda. Nadie es un extraño cuando el compartir es parte de tu filosofía de vida. Esa forma de ser se mantiene en muchas poblaciones de Puno y del Titicaca. Quizás por eso he vuelto varias veces. Quizás por eso escribo este texto, con la intención de convencerte de explorar el Altiplano peruano.

No es complicado. Si estás en Cusco o en Arequipa solo tienes que tomar uno de los tantos buses que diariamente parten hacia la “Capital Folclórica del Perú”. Si buscas más comodidad, contrata los servicios de un operador local. Las agencias de viaje te ofrecerán diversos itinerarios en un destino que es parte del llamado Circuito Sur, el más visitado y consolidado del país.
Alista la mochila y enrumba hacia el Titicaca. El viaje por carretera asfaltada desde el Cusco demora 7 horas y el costo aproximado del pasaje fluctúa entre los 30 y los 55 soles. Una buena alternativa es abordar el bus en horario nocturno para llegar de madrugada. Si estás en Arequipa el trayecto demora 6 h y el costo del pasaje es similar al mencionado líneas arriba.
Vence al frío y al soroche

No le temas a Puno ni al lago Titicaca. No te dejes intimidar por las advertencias sobre su altura (3827 m s.n.m.), su frío intenso, sus granizadas y su viento seco que cuartea la piel. Escúchalas y toma tus precauciones, pero no cambies tus planes. Aclimátate en una ciudad más baja, lleva prendas abrigadoras, empaca ponchos de lluvia y échate mantequilla de cacao en los labios para evitar las heridas.
Ya en la ciudad y en las comunidades del Titicaca, encontrarás el calor en los mates de coca, en las sopas con charqui, papa y chuño que preparan las mamitas. También en las gruesas frazadas que aliviarán tus noches en los hoteles de lujo, en los modestos hospedajes y en las casas campesinas de los quechuas y aimaras que te abrirán las puertas de sus hogares. Ellos te recibirán con cariño y cortesía.
Experiencias vivenciales y comunitarias en las orillas del lago navegable más alto del mundo. Zarpar. Surcar las aguas azules del Titicaca, un gigante lacustre de 8600 km2, compartidos por Perú y Bolivia. Recordar la leyenda tantas veces repetida en la escuela sobre el origen de los incas. De aquí emergieron Manco Capac y Mama Ocllo. De aquí salieron para cumplir las órdenes de su padre el Sol.

La pareja no defraudó a su Dios y progenitor. Ellos cumplieron su mandato y fundaron el Cusco en un valle fértil. Eso lo aprendí en mi infancia y aunque sé que es un mito, hoy quiero creer que es verdad. Solo hoy que contemplo las aguas espléndidas del “puma de piedra o el peñón del sol” —dos de las traducciones al español de su nombre— que se extienden hasta el horizonte altiplánico.
Lo que no es un mito son las fantásticas travesías en este mar interior generador de vida. Lo que no es una leyenda son las excursiones turísticas que se inician en el puerto lacustre de Puno, la capital de la región del mismo nombre, la ciudad que danza en febrero para honrar a la virgen de la Candelaria. Lo que no es un mito y tampoco una leyenda es que tus andanzas en este destino serán memorables.
Navegar en el Titicaca

El lago está frente a tus ojos. Lo ves inmenso desde el cerrito Huajsapata, “el testigo de mis amores”, como cantan los que nacieron en uno de los barrio tradicionales de Puno. En esta atalaya, a 350 metros de la plaza Mayor, una estatua de Manco Capac señala las aguas del Titicaca, como si estuviera invitándote a explorar sus paisajes y la cultura de sus pueblos.
El lago está frente a tus ojos. Ya no lo ves desde un mirador sino desde la bahía y el puerto donde los turistas esperan el momento de zarpar en un lancha hacia el archipiélago de totora de los uros (30 min) y las islas de Taquile (2 h 30 min) y Amantaní (3 h 30 min). Ese es el circuito principal que puedes hacerlo completo o particionado, en uno o varios días. Tu decides. De ti depende.
Si el tiempo no es tu mejor aliado, escápate a las islas flotantes. Localizadas dentro de la Reserva Nacional del Titicaca (6 kilómetros de Puno y 3810 m s.n.m.), sus pobladores son descendientes de los uros, un pueblo que surcaba el lago hace miles de años (desde los 3000 a. C.). Ellos “manejaban con mucha destreza sus balsas hechas de totora, un material que abunda en la zona”.

Eso es lo que se explica en la Ficha de Recursos Turísticos del Ministerio de Comercio Exterior y Turismo (Mincetur). Pero no es lo único. La historia de los uros, “los hombres del agua”, es un ejemplo de resiliencia porque “fueron siempre perseguidos, desde épocas precolombinas y posiblemente eso marcó su decisión de vivir en el agua, se convirtieron en esclavos de la gran cultura Tiwanaku…”.
Piensa en eso al pisar su mullido mundo de totora, al ver sus casas con paredes de totora, al navegar en sus balsas… sí, también son de totora. Imagina lo que es vivir rodeado de agua y en una pequeña isla tejida que se tiene que renovar constantemente. No es fácil. Estás demasiado expuesto al viento, a la lluvia, a los caprichos del lago, pero allí están ellos, resistiendo, como los hicieron los antiguos.
Vivencias de altura

Vamos olvídate del tiempo y de los apuros viajeros. Cambia tu itinerario y no vuelvas a la ciudad después de conocer a los uros. Quédate en el lago. Retorna a la lancha y déjate llevar hacia Taquile y Amantaní, dos islas que no son tejidas, pero en la que se teje con pasión, destreza y originalidad. Cuando las conozcas, te darán ganas de quedarte una o más noches. Hazlo y te sentirás como un comunero.
El turismo vivencial y comunitario es una de las potencialidades de Puno. Hospedarse con familias quechuas o aimaras, acompañarlos a sus chacras, pescar en el lago, participar en sus rituales a la tierra y la montaña, bailar en una noche estrellada, son momentos únicos que se complementan con las visiones del resplandeciente Titicaca.
Taquile y Amantaní no son los únicos lugares que te ofrecen esta forma de hacer turismo. También la vivirás en Anapia y Yuspique (provincia de Yunguyo), y la península de Capachica (provincia de Puno y accesible por vía terrestre). Aquí tienes que “veranear” en la playa de Chifrón —un “pedacito” del Caribe en el altiplano—, te esperan para que descubras y goces al máximo cada minuto de tu estadía.

Como ignorar Puno y su gran lago. En este texto solo te hemos contado un poquito de todo lo que puedes visitar en las aguas, las orillas, las montañas del “puma de piedra”. De la ciudad y de otros atractivos de la región, como la zona arqueológica de Sillustani, las chullpas de Cutimbo, las iglesias de Juli, el cañón de Tinajani y hasta de los nevados de la cordillera de Carabaya, escribiremos después.
Ahora solo queríamos mostrarte el principal atractivo del altiplano peruano, para que imagines y anheles contemplar el atardecer desde una de las islas del Titicaca; entonces, cuando estés ahí, disfrutando, gozando, maravillándote frente al espectáculo cotidiano de la naturaleza, no te importará ni el frío ni la altura de las que tanto te advirtieron. Puno siempre te abrigará con sus visiones y el calor de su gente.

noviembre 30, 2024