Cusco: el camino a la biodiversidad del Manu

Desde “el ombligo del mundo” a uno de los pulmones del planeta. De la cordillera al bosque nuboso en una ruta donde la naturaleza y la biodiversidad son los atractivos excluyentes. De las cumbres congeladas a las montañas vestidas de verdor de una reserva de biosfera. De las pampas de austera vegetación a las exuberantes llanuras de la selva en un desafiante travesía en el Perú andino y amazónico

Todo cambia en esta aventura. Las visiones, colores y matices del horizonte. El olor de la tierra y el susurrar del viento. El furor de las aguas que ensanchan los ríos y las “voces” de los animales que se multiplican. Es sorprendente —y acaso hasta mágico— como se transforma la geografía, el paisaje, el clima, también la cultura y hasta los sabores gastronómicos en solo unas cuantas horas de viaje.

Y es que no se necesita demasiado tiempo para ver como el Cusco incaico, colonial y cosmopolita, con sus apus (montañas sagradas), pampas y valles, se transforma en selva en el parque nacional y reserva de biosfera del Manu, un área natural protegida de 1 716 295, en la que se han registrado cerca de 160 especies de mamíferos, más de 1000 especies de aves y más de 30 millones de insectos.

Si sientes el llamado del bosque y su biodiversidad. Si quieres explorar las trochas amazónicas y navegar por ríos portentosos. Si buscas desconectarte del mundo moderno y volver a lo esencial, a lo simple, a lo natural, el Manu te espera con sus albergues sencillos, pero acogedores, donde el tiempo avanza sin prisa, donde no existen las preocupaciones, donde la naturaleza es la que manda y ordena. Eso es lo que te espera en este destino.

Lo sé porque lo he vivido. He recorrido sus trochas. Me he empapado con su lluvia. He navegado viendo bandadas de aves en el cielo; caimanes y ronsocos (capibaras) en las orillas pluviales; maquisapas (monos) y pelejos (osos perezosos) “petrificados” en las copas de los árboles. He visto mucho, pero no lo he visto todo. Por eso anhelo volver.

Adiós al Cusco

Amanece en el Cusco, pero no es un amanecer cualquiera en la “Capital Histórica del Perú”. Hoy partiré hacia el parque nacional del Manu. Creado en 1973 en el borde occidental de la cuenca amazónica, es “una de las zonas más importantes del planeta en cuanto a la megadiversidad de especies biológicas”, como se explica en la página oficial del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp).

Serán ocho días de andanzas por un zona de vida que en “su gran extensión atraviesa frígidas punas —que sobrepasan los 4 000 m s. n. m—; agrestes montañas boscosas que dan origen a una multitud de pequeñas quebradas y valles; bosques nublados de selva alta y, finalmente, el llano amazónico”. En esta geografía cambiante se “protege una muestra representativa de la diversidad biológica”.

Serán ocho días que empiezan con un viaje por carretera hacia la provincia de Paucartambo (al sur este del Cusco), el ingreso a un destino verde que se extiende hasta la provincia de Manu, en la región Madre de Dios. Los itinerarios turísticos —en esta ruta es fundamental contar con los servicios de una agencia especializada— incluyen paradas estratégicas en lugares de interés turístico. También ofrecen itinerarios más cortos.

Antes de descubrir el mundo verde que será mi hogar y refugio temporal, probaré el famoso pan chuta del pueblo de Oropesa (son redondos, como los antiguos discos long play), y conoceré las chullpas prehispánicas de Ninamarca (3600 m s. n. m.), los monumentos funerarios que “sembraron” los lupacas en tiempos prehispánicos, en un paraje de altura desde que se contempla el apu Pitusiray .

Hay más, siempre hay más. La plaza y las calles del apacible pueblo de Paucartambo (a 110 km del Cusco y a 3017 m s. n. m.). El puente colonial Carlos III, la sencilla iglesia que alberga a la celebrada imagen de la virgen del Carmen y las casas de paredes blancas y balcones azules, que entretejen un bello panorama urbano y rural. La antesala perfecta al bosque nuboso.

Acercándose a la selva

Paucartambo, la “Capital Folclórica del Cusco”, antecede al bosque montano nublado, una zona de cielo brumoso que es fundamental en el ciclo del agua. Aquí todavía hay montañas, pero son montañas con árboles y vegetación exuberante. Es un ambiente ideal para observar orquídeas y escuchar o avistar distintas aves, como el emblemático gallito de las rocas.

El ave nacional no es la única especie representativa en esta selva húmeda y lluviosa. Los osos de anteojos, conocidos como ukukus o ucumaris, también habitan en esta zona geográfica donde los arcoíris suelen colorear el horizonte. Grandes caminantes y escaladores de árboles, los únicos úrsidos de Sudamérica esparcen las semillas de los frutos que consumen, siendo vitales para el equilibrio ecológico.

Su nombre común deviene de las marcas que rodean sus ojos. Cremas o blancas, esta son distintas en cada ejemplar. La depredación de los bosques afecta seriamente a los Tremarctos ornatus (ese es su nombre científico), un animal que los matigenkas —uno de los pueblos originarios de la Amazonia y el Manu—, lo consideran como un creador de la vida.

Y si bien no es fácil encontrarse con un ukuku en una trocha o en lo alto de un árbol, no hay que perder la esperanza. En la selva siempre hay espacio para las sorpresas y los hallazgos. Es indispensable estar alertas, siempre alertas y con los sentidos abiertos. Esta recomendación te será de mucha utilidad en el abra, puesto de control y mirador Acjanaco, el punto más alto de la ruta al Manu (3600 m s. n. m.).

Desde el mirador el parque nacional parece proyectarse hasta más allá del horizonte; un horizonte sin límites y sin montañas. Un horizonte llano cubierto de verdor y surcado por las aguas oscuras del río. Pero esa no es la única visión. También despuntan las cumbres de la cordillera del Ausangate, el colorido agrario de los valles interandinos y la brumosa belleza del bosque nublado.

Las primeras excursiones

El viaje se reinicia después de la visita al mirador de Acjanaco. Ahora las curvas y los descensos se imponen en la carretera que bordea el cauce del río Paucartambo y se abre paso entre la vegetación. El paisaje se refresca por los chorros de aguas cristalinas que descienden por las faldas montañosas. Todo cambió. Todo es tan distinto en el valle de Kosñipata que empiezas a descubrir.

Eso es lo que sentí. Eso es lo que viví en el trayecto por vía terrestre a Pillcopata, el pueblo amazónico donde suele pasarse la primera noche. Al despertar y antes de enrumbar hacia Atalaya donde termina la carretera, donde se emprende la navegación por el río Madre de Dios— se suele recorrer sembríos de coca, un centro de rescate de vida silvestre, además existen grandes probabilidades de observar varias especies de aves y orquídeas.

Después se parte hacia Atalaya, un pequeño pueblo al lado del río. Construcciones rústicas de madera, lanchas, botes, mochilas y bolsas de dormir son parte del panorama cotidiano. Agitación viajera en este retazo de urbanidad que es el punto de salida y llegada de las expediciones al mundo verde, un destino biodiverso, un destino que se debe cuidar y proteger por su importancia para la buena salud de nuestra casa global.

Las expectativas son grandes. Todos quieren embarcar ya, ahora, en este momento para dejar de imaginar lo que sucederá en el bosque. ¿Qué animales veré? ¿Qué se sentirá dormir bajo el arrullo de la fauna? ¿Cómo será caminar por una trocha que zigzaguea entre arboles gigantescos? ¿Navegar por el brazo de un río o en la quietud de las aguas de un lago donde hay nutrias y hasta caimanes?

Pero el Manu es mucho más que eso. Es belleza paisajística. Es aire fresco y puro. Es quietud y tranquilidad. Es contactarse con la naturaleza. Es alejarse del bullicio de las ciudades. Es escapar de la tecnología que a veces nos esclaviza. Eso es lo que encontré en el corazón de un parque nacional y una reserva de biosfera. Eso es lo que les contaré en la segunda parte de este relato. Nos vemos en el bosque.

 

septiembre 20, 2025