Paucartambo: vivencias en la ruta al Manu

“Vamos”, es mi lacónica respuesta. En mi voz no se filtra ningún tipo de dudas. Estaba decidido por más que ese “vamos” implicara cambiar mis planes. Era un riesgo. Quizás los dos lugares descritos con desbordante entusiasmo por un inesperado socio de aventuras, terminaban siendo un fiasco. A veces pasa. Lo sé, pero nunca está de más dejarse guiar por la curiosidad.
Eso es lo que haré. Me voy del pueblo pintoresco de casas blancas y balcones azules. Me alejo de las calles invadidas por danzantes enmascarados que bailaban por fe. Y cruzó un puente colonial hecho de piedra en busca de mis próximos destinos: “dos ruinas que te dejarán boquiabierto”, sentenció mi flamante compañero en la plaza principal de Paucartambo (3017 m s.n.m.).
O fue durante el desayuno con lechón al horno que preparan por tradición las caseras en las afueras del mercado, localizado a la vera de la carretera que viene del Cusco (110 km, 3 h, aproximadamente) y sigue hasta Atalaya (distrito de Kosñipata). Ahí termina el camino. Ahí comienza la travesía fluvial para los que se internan al corazón verde de la reserva de biosfera del Manu.
Pero no hay que adelantarse. Todo eso sucedería después del “vamos” que rompería mi hoja de ruta. Suele pasar en las travesías. Sucede en el Cusco y en el Perú, donde siempre te recomendarán un atractivo medio escondido, poco promocionado, acaso reservado para los forasteros más curtidos. Aquellos que —¿cómo tú?— están dispuesto a “escaparse” hacia otros lugares.
Paucartambo: días de fiesta

¿En la plaza o en el mercado? Ya no lo recuerdo bien, pero lo que no olvido es todo lo que viví en Paucartambo, acompañando a los danzantes de la fiesta de la Mamacha Carmen; esperando el amanecer en el mirador de Tres Cruces de Oro; conociendo el lado cusqueño del Manu y sorprendiéndome en las chullpas de Ninamarca y en los recintos de piedra de Watoqto.
No son mis únicos recuerdos. Paucartambo, la capital de la provincia del mismo nombre, se quedó grabo en mi memoria. Su casco urbano —sereno y adormilado casi todo el año— se viste de fe, música y danza del 15 al 18 julio. Celebración de la Virgen del Carmen. Fuegos artificiales. Sermones, plegarias, milagros y procesiones. Devotos que bailan en la plaza, en las calles y hasta en el cementerio.

Tienes que estar ahí para entenderlo. Tienes que estar ahí para ver a los saqras (diablos) que tientan a la virgen desde los balcones y los techos. Tienes que estar ahí, siempre atento, para evitar los chicotazos de los maqt’as. Ellos representan a los campesinos jóvenes. Son bromistas y severos. Juegan con el público; pero lo castigan si bloquean el paso de los danzantes.
Días de procesiones —la Mamacha cruzando el puente colonial Rey Carlos III que “vuela” sobre el río Mapacho—, de estampas folclóricas —19 comparsas distintas bailan para la virgen—, y de la “guerrilla” —la lucha de los qhapaq qolla (comerciantes del altiplano) y los qhapaq chunchos (guerreros de la selva) por quedarse con la imagen milagrosa.
El mirador de los tres soles

Los chunchos son los vencedores, mientras los qollas son llevados al “infierno” por los saqras en unas carretas cuyas ruedas están envueltas por el fuego. Así termina una “guerrilla” que de manera simbólica revela la posición geográfica de Paucartambo, como zona de transición entre los Andes y la Amazonia, entre las montañas y el bosque, entre las regiones de Cusco y Madre de Dios.
Y cambia el paisaje, el clima y hasta el aroma del viento. Las montañas se achican hasta desaparecer y la vegetación se desborda; entonces, la travesía que comenzó en un bus que partió del distrito cusqueño de San Jerónimo (paradero a la provincia de Paucartambo), se convertiría en fiesta patronal, en descubrimiento en Ninamarca y Watoqto y en contemplación del amanecer en Tres Cruces de Oro.

Despertar temprano (a las 2 a. m.). Abrigarse bien para soportar el frío de un mirador que está por encima de los 3700 m s.n.m. Salir a las calles en busca de la movilidad alquilada el día anterior en el terminal terrestre de Paucartambo, porque no hay transporte público hacia la atalaya de amaneceres mágicos en los que el sol despierta en la Amazonia.
Noventa minutos de viaje por la carretera que va al Manu. Llegar y esperar. Hace frío, mucho frío, pero la expectativa y la esperanza de un amanecer despejado, ayudan a resistir las bajas temperatura. Y ves el reloj: 4:30 a. m., la hora indicada para que el espectáculo de luces y sombras, de halos y resplandores, se inicie en el también llamado “Balcón del Oriente”.
En la ruta al Manu

Son pocos los lugares en el mundo donde se produce el fenómeno denominado “rayo blanco”. Tres Cruces es uno de ellos y tú podrás verlo en el Perú, en el Cusco, en la ruta y en los límites de la reserva de biosfera y parque nacional del Manu con sus punas, montañas, bosques nublados y llano amazónico. Su inmensidad es el territorio ancestral de pueblos nativos y el refugio de indígenas no contactados.
Si quieres adentrarte en un mundo verde de árboles gigantescos, ríos caudalosos y cochas (lagunas) extraídas del paraíso, el Manu te está esperando. Por carretera y por cuenta propia llegarás hasta Atalaya, pero si quieres ir más allá, contrata los servicios de un operador especializado en el Cusco. Ellos te ofrecerán tour de cuatro a ocho días de aventura, de expedición, de acercamiento a la naturaleza.

Navegar en botes y canoas, ver como desaparecen las montañas, caminar por una trocha embarrada, dormir en carpas, en albergues rústicos o en sencillas plataformas. Aguzar la mirada para observar alguna de las 160 especies de mamíferos, 1000 especies de aves, 50 especies de serpiente, 140 especies de anfibios y 30 millones de especies de insectos, registradas en este pulmón del planeta.
Pero antes de todo eso, es una excelente idea contemplar el amanecer panorámico desde el mirador de Tres Cruces de Oro, donde el frío te dejará de importar cuando en el cielo aparecen tres soles. Al verlos creerás que es una alucinación o un sueño, jamás una pesadilla porque esa distorsión generada por el encuentro de la luz y el cielo húmedo, es tan hermosa que parece irreal.
Ninamarca: chullpas prehispánicas

No todos los días se ve el espectáculo de los soles repetidos (mayo y junio son los meses ideales). No todos los días digo “vamos” y salgo hacia las chullpas que solo vi a la volada y entre bostezos desde la ventana del bus que me llevó a Paucartambo (de 40 a 60 soles desde el Cusco). No todos los días le hago caso a un desconocido y lo acompaño a una zona arqueológica que “desconocía mayormente”, como se dice en el Perú.
Ninamarca (3690 m s.n.m.) es el nombre de la veintena de chullpas circulares encaramadas en una pequeña colina del kilómetro 83 de la vía Cusco-Paucartambo. Construidas por los lupacas (una cultura preincaica) para el descanso eterno de sus dignatarios, estas estructuras de piedra que alcanzan hasta los 2,5 m tienen como fondo natural la silueta del nevado Pitusiray.

Buen dato. Mi flamante acompañante no había mentido. Ninamarca era una excelente escapada. Mi “vamos” hasta ahora era exitoso. ¿Seguiría siéndolo en Watoqto? Pronto lo sabría. Retorno a la carretera, a la movilidad alquilada que me llevaría a un pueblo pequeño y a un sitio arqueológico en las orillas del río Mapacho, que la mayoría de turistas ignoran por su prisa de llegar al Manu o de volver al Cusco, .
Antes de continuar te propongo una pausa para explicarte el itinerario. Paucartambo fue el punto de partida, Ninamarca (en la carretera al Cusco), la primera parada. Desde ahí el vehículo daría la media vuelta en busca del desvío hacia Watoqto (a 18 km del centro de Paucartambo), la puerta de entrada al Antisuyo (una de las cuatro regiones del imperio inca) y a las áreas de producción de la sagrada hoja de coca.
Watoqto: herencia inca

Basta de explicaciones. Llegué, llegamos. Una imponente portada de piedra nos da la bienvenida a un refugio del pasado, a una construcción incaica restaurada para que recupere su esencia, grandeza y pétrea belleza. Mi «socio» sonríe satisfecho. No me mintió en la plaza o en las afueras del mercado y hasta acertó al decir que me quedaría boquiabierto en los lugares recomendados.
Él ya había estado ahí y quería regresar, fue lo que me comentó cuando me propuso ir juntos. Ahora lo entiendo porque sin haber abandonado Watoqto (2930 m s.n.m.) — con sus recintos administrativos, con su templo rectangular, con sus vistas del río— siento el llamado viajero de volver para fotografiar una vez más sus muros de cinco metros, sus hornacinas trapezoidales, sus puertas de doble jamba.

Paucartambo, el Cusco, el Perú, te esperan para que te unas a los danzantes que adoran a una virgen, para que retes al frío en un mirador donde el sol se triplica, para que excursiones en la selva sintiéndote un pionero, para que te atrevas a buscar atractivos culturales, arqueológicos y naturales, fuera de las rutas convencionales.
Regreso al pueblo. Escucho la música de las bandas y el estallido de una bombarda. Me despido y le doy las gracias a mi «socio» inesperado. La fiesta renace. Me escapo de las bromas y chicotazos de los maqt’as. Me acerco a la iglesia. La virgen está en el atrio, custodiada por sus “engreídos” los qhapaq chunchos. La veo y en voz bajita le pido que me permita regresar. Sé que cumplirá. ¡Tarde o temprano volveré!
¿Vamos?…

octubre 7, 2024