San Blas: el barrio de los artesanos del Cusco

En un barrio con nombre de santo, el niño Jesús se llama Manuelito. Y si bien es el hijo de Dios, no se porta como un angelito. Tampoco es un diablo, pero como todo guagüita es juguetón y hasta medio bandido. Tanto así que se escapa de su silla con apariencia de trono para corretear descalzo en el campo. Ah, pero por andar de travieso, el buen Manuelito se clava una espinita en el piecito.

En un barrio de cuestas y calles estrechas, los santos, las virgencitas y los ángeles no son idénticos a los que ocupan los altares o salen en procesión en los días de fiesta. Lo serían si no fuera por un detalle. Aquí, ellos y ellas tienen los cuellos largos, muy largos, tan largos como los de las llamas, las vicuñas, los guanacos y las alpacas. Los hermosos camélidos andinos que pastan en las pampas desoladas.

En un barrio de talleres y galerías, el arte tiene un cariz particular. Sí, digamos que es “traviesa” y “juguetona” como los niños Manuelito. Y es que esta se escapa de lo convencional. Sí, digamos que es distinta como las imágenes de aquellos santos y vírgenes de cuellos alargados, por obra y gracia de los inspirados autores que fusionan lo andino e hispano en todas sus obras.

Y ese barrio con nombre de santo, calles angostas, talleres y galerías, es un refugio del arte y la creatividad desde hace siglos. Lo fue cuando el Cusco era la capital de los incas y el Perú un virreinato. Lo fue cuando los gritos de libertad se escucharon en los Andes y el Perú se convirtió en un país independiente. Lo es ahora cuando el Cusco es una ciudad cosmopolita y el Perú tu próximo destino.

Bienvenido a San Blas, uno de los barrios tradicionales del Centro Histórico, donde no solo hay arte. En sus calles encontrarás atractivos espectaculares, como la Piedra de los 12 Ángulos en uno de los muros del antiguo palacio de Inca Roca (hoy palacio Arzobispal) y la iglesia de San Blas, construida en 1563 y considerada la más antigua del Cusco.

Un médico en un barrio de artesanos

San Blas de Sebaste fue un médico, obispo y mártir cristiano que vivió en una cueva del monte Argeus (actual Turquía) en el siglo IV. Patrón de los otorrinolaringólogos, mas no de los artesanos como San José, es hasta cierto punto extraño que su nombre identifique al barrio en el que viven, crean, exhiben y comercializan sus obras los artistas de la Capital Histórica del Perú.

Y no es que este barrio fuera habitado alguna vez por médicos, religiosos o mártires. Todo lo contrario, desde antes de la presencia española esta colina al noreste de la plaza de Armas, era ocupada por los mejores artesanos del Tawantinsuyo, porque los “hijos del Sol” trasladaron al “ombligo de su mundo” a maestros de diversas partes de su territorio para que enseñaran sus técnicas.

En San Blas que, en aquel entonces se llamaba T’oqokachi (“Cueva de Sal” en español), se tejía, se le daba forma a la arcilla, se esculpía la madera y se trabajan joyas de oro, plata y diversas piedras. Estas últimas se les encargaba a los orfebres provenientes de los reinos del norte del Perú, expertos en crear bellas piezas utilitarias y decorativas, como lo demuestra el ajuar del señor de Sipán.

Ni cueva de sal ni refugio de mártires. “El Balcón del Cusco”, como también se le conoce, es, desde siempre, un barrio habitado por la inspiración en el que cada taller y galería, cada tejido o escultura, te llevarán a pensar que no fue un error llamar San Blas a este espacio urbano, porque el arte ancestral, el arte de siempre, aquí se convierte en un remedio para el alma y los sentidos.

Una piedra en el camino

Caminar. Esa es la mejor manera de explorar el barrio. Por su cercanía a la plaza de Armas (está a solo 600 metros y se accede por la calle el Triunfo, Hatun Rumiyoc y la Cuesta de San Blas) querrás darte una vueltita por sus calles cada vez que salgas a recorrer el Centro Histórico. Y es que San Blas atrapa y atrae por el arte que se exhibe en el interior de sus casas —que fueron incaicas, que son coloniales— convertidas en talleres y galerías.

O lo harás para dirigir tus pasos nuevamente por Hatun Rumiyoc, la calle de la “casa que tiene piedras grandes” (así podría traducirse su nombre en español). Bajo los rayos del sol o iluminada por las farolas que quiebran la oscuridad de la noche, esta vía flanqueada por muros incaicos te transportará siempre al Cusco prehispánico.

En uno de ellos se encuentra la famosa Piedra de los 12 Ángulos. Al verla, detendrás tus pasos. Eso es inevitable. No hay forma de ser indiferente ante ese bloque de diorita que encaja a la perfección en el muro del que fuera el palacio de Inca Roca, demostrando la habilidad de sus constructores. Ellos no necesitaban argamasas para levantar sus colosales paredes.

No será tu única parada. La plazoleta de San Blas es otro lugar encantador. Rodeada de casas de fachadas blancas, tejas rojas, balcones y ventanas azules, aquí resalta una pileta y la iglesia colonial del mismo nombre. Levantada sobre el templo de Illapa, el dios inca de la guerra y el trueno, en su interior te conmoverá la belleza de su púlpito del siglo XVII. Hecho de madera, se cree que fue tallado por artesanos locales.

Maestros artesanos

Hay nombres que ya son parte de la historia moderna de San Blas. Grandes maestros que con sus trabajos crearon un estilo y una forma de expresarse que renovó el arte del barrio. Sus enseñanzas y sus saberes nutren e inspiran a las nuevas generaciones. Ese es el legado, el aporte y la trascendencia de Antonio Olave, Hilario Mendívil y Edilberto Mérida, entre otros insignes artistas populares.

Don Antonio Olave (1928-2016) es el “padre” de los niños Manuelito y sus diversas variantes (el Dormidito, el Sentadito y el de la Espina), representaciones en la que Jesús luce las mejillas sonrosadas, como los niños del Ande. No es el único imaginero que dejó huella. Hilario Mendívil (1927-1977) se inspiró en los camélidos para hacer sus características figuras religiosas de cuellos alargados.

Un emblema de San Blas porque la belleza de sus santos, vírgenes y ángeles, rebasó las fronteras del Cusco y el Perú para hacerse universales, como las esculturas expresionistas de Edilberto Mérida (1927-2009), que convirtió al barro y a la arcilla que utilizaba en sus obras, en una forma de protesta social y en un testimonio artístico de la vida esforzada y sufrida de sus hermanos del Ande.

Ellos ya no están, pero nuevos creadores forjan su propio camino en el corazón artesanal del Cusco. Anímate a sentir el palpitar cultural de este barrio pintoresco. Ingresa a sus talleres y galerías, compra más de una imagen, un tejido, una escultura o un souvernir. Relájate en sus restaurantes y cafés o pasa tus noches en uno de sus hoteles, para que hasta en tus sueños sean conquistados por la inspiración de San Blas.

octubre 13, 2024