Salineras de Maras: un destino de leyenda

Se puso a llorar, con desesperación e impotencia se puso a llorar. Y es que el no esperaba la traición de aquellos que decían quererlo. Como iba a imaginar que su prometedor y glorioso destino se truncaría por el temor de sus hermanos. Fueron ellos quienes decidieron encerrarlo en esa cueva sombría en la que esperaría a la muerte sin ninguna esperanza de alcanzar la ansiada eternidad.
Pensar que al inicio de la travesía estaba convencido de que sería recordado por ser uno de los míticos fundadores de una ciudad, de una civilización, de un gigantesco imperio. Pero, ahora, llora con furia al descubrir que su fuerza prodigiosa no le sirve para liberarse, entonces, se pregunta si en los siglos venideros alguien recordará su nombre, su vida y la infamia de la que fue víctima.
Desolado, trata de convencerse de que su esplendoroso padre lo ayudará a salir de su encierro. Si eso ocurriera volvería victorioso a los caminos cordilleranos para crear más quebradas y valles. Era muy sencillo. Le bastaba con lanzar una piedra. Aterrados por su capacidad de transformar la geografía, sus hermanos decidieron deshacerse de él.

No es justo. Ellos cumplirán tu mandato mientras yo estoy aquí encerrado, decía entre sollozos con la expectativa de que su progenitor lo escuchara. Se equivocó. Sus palabras fueron ignoradas. ¿Quizás su verdadero destino era el encierro y aquello de fundar un imperio fue un vil engaño? ¿Tal vez lo condenaron sus lágrimas porque el forjador de una civilización no podía quebrarse tan fácilmente?
Lo siento, no tengo la respuesta y no sé dónde encontrarla. No soy Ayar Cachi, el hijo del Sol que fue encerrado en una cueva por sus hermanos. En ese momento de traición, nadie podía intuir que esas lágrimas de desesperación, impotencia y furiosa amargura, crearían miles de pozas con agua salada en las faldas del cerro Qaqa Wiñay, la “roca eterna”, la “piedra que crece” en español.
La leyenda de los hermanos Ayar

Sal con sabor a leyenda en Maras (provincia de Urubamba, Cusco), la mina o salinera que tuvo su génesis en las lágrimas de Ayar Cachi, el hijo de Sol que —junto a sus tres hermanos, sus respectivas esposas y diez familias—, salió del cerro Tamputoco o cueva de Pacaritambo (“lugar del amanecer” en español), con la misión y el objetivo de encontrar un valle fértil para asentarse.
Allí sembrarían las bases de una ciudad, de una civilización, de un imperio. Esa fue la orden que recibieron del Inti, su padre el Sol, después de un tormentoso diluvio. Destino incierto. Demasiadas dudas. ¿Hacia qué dirección encaminarían sus pasos? ¿Cuánto tiempo tendrían que andar? ¿Dónde se hundiría la vara de oro que su progenitor le entregaría a Ayar Manco, el líder del grupo?
Aquel peregrinaje estuvo marcado por el miedo, el recelo y la tragedia. Todo se saldría de control cuando Ayar Manco, Ayar Cucho y Ayar Auca, complotaron en contra de su hermano mayor, Ayar Cachi (“hermano o antepasado de la sal” en español). Ellos le temían. Ellos le pidieron que ingrese a una cueva a buscar unos objetos sagrados. Él les creyó. No debió hacerlo. Todo era un engaño.

Lo que sucedió después —el encierro, la desesperación, la furia y las lágrimas — ya lo he recreado con ciertas licencias en el inicio de este texto. Lo que no te conté y quizás desconoces, es que Ayar Uchu (“hermano ají”) se convertiría en piedra en el cerro Huanacauri. Similar suerte correría Ayar Auca (“hermano que voló”) con la diferencia de que a este último le saldrían alas y volaría hacia el Sol.
Quien se quedó en la tierra fue Ayar Manco (“el hermano o antepasado de la quinua”). Él fundaría el Cusco. Él sería el primer inca. Él enseñaría a los hombres a sembrar, a construir, a organizarse, mientras su compañera, Mama Ocllo, instruía a las mujeres en el arte del tejido y los quehaceres domésticos. Eso cuenta la leyenda que aprendí en la escuela, la leyenda que recordé al visitar las salineras de Maras.
En busca de la sal

De la leyenda a la realidad. Del origen mítico a la verdad científica. Me olvido un rato de las lágrimas y la angustia de Ayar Cachi. Me concentro en los detalles certeros e informativos, pero, sin dejar de inspirarte para que en tu próximo viaje al Cusco, te animes a conocer las salineras de Maras, uno de los fantásticos atractivos turísticos del Valle Sagrado de los Incas.
No es una tarea complicada y no tendrás que encerrarte en una cueva para admirar las minas de sal formadas por “un ‘océano’ atrapado en las montañas hace miles de años, el cual, a través de una manante que sale del medio de la montaña, desemboca en las 4200 pozas que las familias de la comunidad de Maras trabajan y cosechan con una técnica ancestral”.
Esa “técnica —continúa la explicación de la página Maras Gourmet— ha sido heredada de generación en generación”. Y es que hoy, como en la época prehispánica, la sal se obtiene a través de un proceso manual y artesanal. El primer paso consiste en llenar las pozas. Después, el Sol —el padre de los Ayar, el padre de los incas— se encargará de evaporar el agua salada con sus rayos.

Lo que queda es una sal ciento por ciento natural y muy beneficiosa. Sal de los Andes. Sal de altura (3300 m s. n. m.). Sal que se caracteriza por su tonalidad rosada y su suave sabor. Excelente para la cocina, también es utilizada en sesiones de aromaterapia y en la fabricación de productos industriales. No solo eso. La creatividad de los comuneros la transforma en diversos objetos artesanales.
Pero ningún potaje es tan “exquisito” y ninguna artesanía es tan perfecta como el paisaje de las salineras. De eso te darás cuenta al observar el horizonte, las montañas y las pequeñas pozas “esculpidas” en la falda montañosa. Son muchas y algunas están llenas de agua. Otras ya están secas. La sal resplandece con los rayos del sol, mientras los comuneros la “cosechan” con una pala y un costal.
El camino a las salineras

Las lágrimas eternas de Ayar Cachi son una fuente de ingreso para los comuneros de Maras y Pichingo. Ellos extraen y comercializan el mineral de las pozas. Ellos continúan la tradición de sus ancestros. En la época prehispánica la sal era un insumo muy valioso en la cocina y en la conservación de los alimentos, entonces, enormes caravanas cruzaban la cordillera en busca del «oro blanco».
Los tiempos cambian. Actualmente ya no arriban grupos de arrieros con llamas cargueras sino turistas encaramados en bicicletas. A todo pedal hacia Maras, en una trepidante aventura que se inicia en el pueblo de Chinchero (a 28 km del Cusco). El recorrido demora alrededor de tres horas. Los operadores locales organizan tours especializados. “Súbete a uno”.
Si buscas una alternativa menos exigente, reserva un tour tradicional en el Cusco (3400 m s. n. m.). Otra opción es que alquiles un taxi o te movilices en el transporte público. El viaje es relativamente corto (50 km) y si vas con una agencia o en un vehículo privado te dejarán y esperarán en la entrada de tu destino.

En el caso del transporte público, tienes que abordar los buses a Urubamba (vía Chinchero). Al subir, avísale al conductor o al cobrador que bajarás en el desvío a las minas de sal. En ese punto encontrarás taxis y colectivos hacia el pueblo de Maras, el complejo arqueológico de Moray y a las vistosas salineras. Si lo deseas y tienes buen físico, anímate a caminar este último tramo.
Ya en tu destino pagarás 20 soles (extranjeros) y 15 soles (peruanos) para ingresar. Hasta hace algunos años se podía caminar entre las pozas. Ahora existen miradores desde los que tendrás excelentes postales de uno de los atractivos más fascinantes del Cusco. Un lugar que se formó por las lágrimas del “hermano sal”. Lo siento, no puedo olvidar la leyenda que aprendí en la escuela.

octubre 10, 2025