Cusco: reflexiones viajeras en la plaza de Armas

Sentado en una de las bancas de la plaza, escuchas conversaciones en diferentes idiomas. Algunas las entiendes, otras no tanto, aunque igual te das cuenta del sentido de aquellas palabras. Y es que no hay que ser políglota para interpretar la alegría de los que ríen y bromean mientras reseñan sus aventuras o trazan sus próximos itinerarios en la tarde animadamente soleada.
También tienes muchas travesías por contar y nuevas excursiones que planificar, pero prefieres guardar silencio y observar lo que ocurre en la plaza que no es cualquier plaza. Lo sabes. Lo saben todos los que ríen, bromean y conversan en diferentes lenguas, convirtiendo a este espacio histórico y monumental en el “ombligo del mundo”.
Sí, “el ombligo del mundo”, como lo soñaron los fundadores de esta ciudad en las alturas de los Andes (3400 m s.n.m.), como lo creyeron los poderosos gobernantes que extendieron sus dominios por miles de kilómetros de valles y pampas, de montañas y cordilleras, como añoran y recuerdan los descendientes de aquellos hombres y mujeres que se proclamaron “hijos del Sol”.
Ese sol que ilumina la banca en la que descansas después de caminar por callecitas estrechas, de explorar un barrio de artesanos, de descubrir muros de piedra que encajan a la perfección, de escuchar los relatos, mitos y leyendas que describen el pasado esplendoroso, los tiempos inciertos, los gritos de lucha y libertad, entre otros sucesos que remecieron al Cusco, la Capital Histórica del Perú.
Tantas visiones y vivencias que ahora repasas en la plaza de Armas o Mayor, un punto de encuentro y reunión entre los trotamundos que visitan el principal destino turístico del país y los cusqueños que realizan sus actividades cotidianas, pero que siempre se dan un tiempo para orientar a los foráneos o regalarles una sonrisa.
Una plaza, varios nombres

La llamaban Aucaypata (“lugar del guerrero”) porque aquí se celebraban las victorias que engrandecieron el Tawantinsuyo. O, acaso, fue Huacaypata (“lugar de llanto”) en memoria de los tiempos sombríos en el que los guerreros chancas —otra civilización andina— amenazaban la ciudad. Tal vez era Huacapata (“lugar sagrado”) porque se honraba al Sol y a las demás divinidades prehispánicas.
Nadie lo sabe con certeza. Los investigadores no se ponen de acuerdo sobre el nombre en quechua de la plaza de Armas. Lo cierto es que las divergencias revelan que fue el escenario de diversas manifestaciones políticas, sociales y religiosas. Esto refrenda su trascendencia desde los tiempos fundacionales, la cual se prolongó durante el virreinato y se consolidó en la república.
Tantas sucesos que marcaron la historia andina. El origen mítico de Manco Capac y Mama Ocllo en el siglo XIII, quienes recibieron el encargo de su padre el Sol de fundar una ciudad, de crear una civilización en un tierra fértil. La fastuosidad del Inti Raymi, la Fiesta del Sol que los cusqueños rescataron del olvido en el siglo XX, con la intención de mostrarle al mundo que su cultura sigue latente, sigue viva.
El temor y el caos ante la llegada de los conquistadores españoles. La caída del imperio, la profanación de los templos, la llamada extirpación de idolatrías, la resistencia cultural, la muerte de miles de indígenas, la rebelión de Manco Inca en 1536 y de Tupac Amaru II en 1780, quien fuera ejecutado por las autoridades virreinales, cerca de esa banca en la que reposas y descansas.
Ciudad con memoria

Tiempo de pensar y reflexionar en el “encuentro” violento entre lo andino y lo occidental en 1533. Ese proceso doloroso es la génesis del Cusco actual. El “ombligo del mundo” se transformó. Poco a poco, los muros de piedra se convirtieron en las paredes de las casonas, de los conventos y templos donde el Inti (Sol) fue reemplazado por el Dios que es padre, hijo y espíritu santo.
Y así fue como la residencia de Pachacutec se convertiría en la vivienda de Francisco Pizarro, el conquistador del Perú; y el palacio de Inca Roca, donde se encuentra la famosísima Piedra de los 12 Ángulos -ya la viste, ya la fotografiaste, ya te quedaste boquiabierto porque encaja a la perfección en un muro prehispánico- en la sede del arzobispado y del Museo de Arte Religioso.
Sucedería lo mismo en el Qoricancha que hoy es la iglesia y convento de Santo Domingo, y con las pétreas paredes del Suntur Wasi (“Casa de Gobierno) y el Kiswarkancha (el palacio del inca Viracocha) que servirían de base a la Basílica Catedral del Cusco, cuyos orígenes se remontan a la edificación de la iglesia del Triunfo en 1539.
Vamos, levántate y camina unos pasos para que veas más de cerca su fachada de estilo barroco. Si eres observador y meticuloso, encontrarás en su frontis una placa en honor a José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II, en la que leerás: “En esta plaza de los Incas fueron martirizados y ejecutados los próceres de la gran Revolución de 1780, precursora de la emancipación continental”.
El Cusco guarda en su memoria colectiva la grandeza de sus fundadores y los sacrificios de todos aquellos que se rebelaron ante el poder español. La ciudad honra sus raíces ancestrales porque más allá de su arquitectura colonial, más allá de las procesiones y de los padre nuestros que resuenan en sus templos, la esencia y la impronta incaica es evidente en el Centro Histórico.
La última vuelta

Se acaba el descanso. Vuelves a caminar por las calles empedradas. Te marchas con la promesa de retornar para explorar el interior barroco y el arte religioso de la Catedral y detenerte luego en la iglesia de la Compañía de Jesús, erigida sobre el Amaru Cancha de Huayna Cápac, el padre de Huáscar y Atahualpa, los hermanos que guerreaban por el poder cuando Pizarro inició la conquista del Tawantinsuyo.
Volverás para picar o tomar algo en los restaurantes y cafés cobijados bajos los portales y los arcos que bordean la plaza. Regresarás cansado, pero satisfecho por las artesanías que compraste en el barrio de San Blas, de las fotografías que hiciste en la plaza Regocijo o Kusipata (“espacio de la alegría”) y en la casa del siglo XVI del inca Garcilaso de la Vega, el primer escritor mestizo del Nuevo Mundo.
Y cuando estés de vuelta viendo las luces nocturnas que le dan otro cariz al Centro Histórico, te convencerás, una vez más, de que el Cusco siempre será el “ombligo del mundo”. De eso te diste cuenta al escuchar aquellas palabras en varios idiomas, al caminar sin prisa, al detenerte frente a un magnífico muro de piedra, al escuchar lo mucho que ha pasado y se ha vivido en este pedacito del planeta.
Un pedacito del planeta del que te sentiste parte desde el momento en el que llegaste y del que serás parte sin importar en donde te encuentres. Te llevarás al Cusco en tu corazón y el Cusco se quedará con un poquito de ti. Eso es lo que ocurre en los lugares que son mucho más que un destino, en los lugares que encuentran la manera de dejarte una huella en tu alma viajera.
Consejos y tips

- Disfrutar de las calles y los monumentos arquitectónicos del Cusco no te acarreará ningún gasto. No hay vías restringidas ni está prohibido hacer fotografías a las fachadas.
- El ingreso a algunas casonas y museos es pagado. Averigua los costos antes de iniciar tu travesía.
- La calma es la mejor compañera en el Cusco. Camina despacio, recuerda que la altura de la ciudad (3400 m s.n.m.) puede agitarte y descompensarte.
- Siempre lleva una ropa de abrigo y un impermeable, el clima andino suele ser bastante engañoso.

septiembre 15, 2024