Escapadas inesperadas en el Cusco

Mandamiento, principio o regla básica para el viajero, turista o trotamundo. Llámalo como más te guste. Al final la denominación o el nombre no es lo fundamental. En este caso lo realmente importante son las acciones que se originan al seguir el mandamiento, principio o regla que compartiré contigo, basándome en mi experiencia en las rutas y en los caminos del Perú.
Y si bien este mandamiento, principio o regla básica es aplicable en varios destinos del país y de todo el mundo, hoy me centraré en el Cusco. En esta ciudad y región hay tantos atractivos históricos, naturales y vivenciales que ningún itinerario te permitirá conocerlos todos. Resígnate. Incluso si te mudaras al “ombligo del mundo” esa sería una tarea imposible o casi imposible.
Lo de casi imposible es solo un decir por aquello de que lo último que se pierde es la esperanza, en este caso la esperanza de explorar todas las zonas turísticas conocidas y las que están por conocerse. Y es que aquí se siguen poniendo en valor diversos complejos arqueológicos, se abren nuevos circuitos pedestres o de aventura, y se diseñan rutas vivenciales en las comunidades campesinas.

Frente a este escenario de novedades y constantes cambios, te recomiendo dejar un día libre y sin programación en tu plan viajero. Esto te permitirá escaparte hacia un lugarcito que recién empieza a posicionarse o darles una oportunidad a espacios ya conocidos, pero que por el “apuro” de las agendas apretadas, no son prioritarios o suelen ser ignorados.
Esta sencilla regla, principio o mandamiento, lo he aplicado con éxito en más de una ocasión. Por eso me atrevo a contarte mis experiencias. Sí, gracias a mi día libre conocí las zonas arqueológicas de Quillarumiyoc y Tarawasi (provincia de Anta); también recé, bailé y brindé con los devotos de Santa Rosa de Lima en Lamay (provincia de Calca); y conocí una comunidad nativa en la selva de Paucartambo.
Todo empezó con un afiche

No existe un método único y exclusivo para la programación del día libre. Los procedimientos pueden variar y nutrirse de distintas fuentes. Un afiche promocional que se ve en una agencia de viaje, el dato que se escucha a la volada en un tour o en el transporte público, la recomendación del recepcionista del hotel o el consejo de un fogueado viajero que te cuenta sus andanzas en sitios escondidos.
La información está en todos lados. Solo es cuestión de que te mantengas alerta y, dependiendo de tus gustos y preferencias, te animes a partir hacia el “lugar de la roca de la luna” (ese es el significado de Quillarumiyoc en español) y a la “casa de la tara” (Tarawasi en español). Bueno, al menos eso es lo que hice varios años atrás, cuando me enteré de la existencia de ambas construcciones incaicas.
Vi un póster o afiche. Me gustó y tenía una día libre. Lo que vino después fue averiguar, preguntar, también «googlear». Así me enteré de que Quillarumiyoc —a 50 km del Cusco — fue un centro ceremonial erigido en honor a la Luna y que Tarawasi —a 72 km— cumplió la misma función y, a la vez, fue un tambo construido por órdenes de Pachacutec, el noveno gobernante del Tawantinsuyo.

Lo mejor de todo es que ambos lugares están en la misma ruta, la carretera Cusco-Abancay; entonces, solo tenía que abordar los buses y colectivos hacia Limatambo, uno de los nueve distritos de Anta. Tarawasi está a solo unos pasos de la carretera y muy cerca del núcleo urbano. No sucede lo mismo con Quillarumiyoc. En este caso bajé en el pueblo de Ancahuasi y caminé unos 20 min (es posible tomar un taxi) por la comunidad San Martín.
Desde el Cusco, Ancahuasi está a menos distancia que Limatambo; pero, en mi travesía, decidí ir primero a Tarawasi (¿ya te dije que la tara es un árbol o arbusto andino?), es decir, empecé por el punto más lejano. No te preocupes por el retorno, la movilidad es constante. Solo espera en la carretera. En la ciudad el paradero se encuentra en la calle Pavitos, a unos 10 minutos a pie de la plaza de Armas.
La fiesta de Santa Rosita

Fue en un taxi donde me enteré de que la fiesta de Santa Rosa en Lamay, uno de los ocho distritos de la provincia de Calca, era similar a la celebración de la virgen del Carmen de Paucartambo. “Y no tiene que viajar tan lejos”, sentenció el conductor nacido en ese rinconcito del Valle Sagrado, localizado a 45 km del Cusco (1 h 20, aproximadamente en transporte público. Paradero en la calle Puputi).
Su respuesta fue la consecuencia directa a mi relato emocionado sobre la celebración paucartambina (3 h de viaje desde el Cusco) que se realiza del 15 al 17 de julio. No recuerdo ahora porque evocaba mis vivencias de años anteriores en las tierras de la “mamacha” Carmencha, pero si la recomendación del conductor. “Aproveche y vaya para mi pueblo. Verá que no le miento”.
Dicho y hecho. Le hice caso aprovechando que mi “día libre” coincidía con el 30 de agosto, feriado nacional en Perú en honor a Santa Rosa, la primera mujer del Nuevo Mundo canonizada por la Iglesia Católica. Fue una excelente decisión. Otra vez mi mandamiento, principio o regla básica daba resultado. La fiesta en Lamay es un estallido de fe, música, danza y color que hipnotiza al viajero.

Procesión, bombardas y centenares de bailarines que representan al diablo (saqras), a los habitantes del Altiplano (Qhapaq Qolla), de la selva (Qhapaq Chuncho) y a los descendientes de los africanos esclavizados (Qhapaq Negro), entre otros grupos de danzantes tomaron las calles. Ellos veneran y adoran a la santa limeña con sus pasos inspirados, sus artísticas máscaras y sus llamativas vestimentas.
El taxista tenía razón. En Lamay (2941 m s. n. m.) me sentí como en Paucartambo. Conclusión: si estás en Cusco a finales de agosto, escápate al “lugar donde habitan las llamas” (ese es el significado del vocablo llamac del que provendría el nombre del distrito) para que seas testigo y —por qué no—, partícipe de una fabulosa celebración patronal, de esas que demuestran el sincretismo cultural y religioso que existe en los Andes.
Buena puntería en la selva

En la noche volvería al Cusco desde Pilcopata, la capital del distrito de Kosñipata (provincia de Paucartambo). Caluroso y rodeada de verdor, el pueblo se encuentra en la ruta a la Reserva de Biosfera del Manu, uno de los pulmones del planeta. Por ahí andaba yo medio vagabundeando, cuando en el desayuno me enteré de que una delegación de autoridades y ciudadanos partiría hacia una comunidad nativa.
Fiel al principio de que la peor gestión es la que no se hace, me acerqué al grupo con la intención de unirme a la delegación. Los convencí. Ellos aceptaron. Minutos después estaba en la tolva de una camioneta que se abría paso por un trocha polvorienta hacia la comunidad nativa Queros Wachiperi, fundada oficialmente el 4 de octubre de 1974, en la margen izquierda del río Alto Madre de Dios.
Aquel viaje inesperado fue toda una aventura que incluyó el cruce de un ramal del río en una balsa artesanal e inestable. Años después regresé a la comunidad y no recuerdo haber pasado por ese trance. ¿Será que el grupo tomó un camino alterno? Sea como fuere, al llegar a mi destino fui recibido con “bombos y platillos”, entonces, me sentí importante, casi una autoridad (Tiempo: 30 min, distancia: 9 km, aprox desde Pilcopata).

Bueno, pero nunca he sido autoridad, mis acompañantes sí. Ellos asistían a una asamblea o algo parecido. Ese se ha borrado de mi memoria. Lo que no he olvidado son los rostros serenos de mis anfitriones, su habilidad con el arco y las flechas (la buena puntería es vital para la caza en el bosque) y sus rústicas casas de madera. Tampoco el verdor y el aire puro que se respira en la comunidad.
En mi visita me enteraría que los quero wapicheri son parte del pueblo amazónico Harakbut que habita las riberas de los ríos Madre de Dios e Inambari, entre otros. Protectores del bosque y de la naturaleza, conservan su espiritualidad y sus costumbres ancestrales. Al caer la tarde retorné a Pillcopata y luego al Cusco, convencido de que siempre es bueno dejar un día libre en los viajes.

noviembre 19, 2025