Choquequirao: Caminata entre la altura y el verdor

Las primeras veces nunca se olvidan. Te inspiran para siempre y perduran en la memoria. Nuestras vidas están marcadas por esas vivencias precursoras y reveladoras. Algunas no son muy gratas, como el llanto desconsolado en el inicio de la etapa escolar, la derrota inesperada en la final de un campeonato deportivo o el descubrimiento del dolor por la pérdida de un ser querido.
Y es que la vida es una vorágine de sensaciones y emociones contradictorias. Eso ocurre también con las primeras veces, porque así como hay muchas que se recuerdan con tristeza, existen muchas cuya evocación genera una gran alegría. Sí, suele hablarse del amor o de ese discreto beso juvenil, pero hoy vamos a escribir sobre otra primera vez, una primera vez que quizás no hayas vivido.
Ojalá que, después de leerme, te animes a dar el primer paso, literalmente tu primer paso en un camino andino y amazónico que desciende a las profundidades de un cañón y luego remonta pendientes en la búsqueda de una ciudad de piedra. Esa experiencia es la que voy a contarte para que tu estreno andariego en el Perú, sea en una ruta fascinante, retadora y contradictoria como la vida misma.

Disculpa si me dejo llevar por la emoción. Espero que entiendas y comprendas que mi primer trekking hacia una zona arqueológica “sembrada” en el verdor de una montaña, fue en el sendero cimbreante, kilométrico y agotador que conduce a Choquequirao, la ciudad de piedra que, según algunas voces, fue el refugio de los cusqueños rebeldes liderados por el ya mítico Manco Inca.
Hacia allá fui por primera vez hace más de 20 años. En aquel entonces pocos conocían la ruta y menos aún se aventuraban en esta travesía pedestre de cuatro días. El ingreso a la zona arqueológica era libre y hasta se podía acampar en la plaza incaica. Hoy ya no es así. Muchas cosas cambiaron, pero las sensaciones que genera esta aventura se mantienen intactas. ¡Acompáñame!
Cachora: el punto de partida

Nervios. Eso es lo que sentí cuando llegó el momento de dar el primer paso. ¿Lo lograría?, martillaba una vocecilla en mi mente. No lo sabía. Nunca había caminado alrededor de 60 kilómetros ni en la costa ni en el llano. Sí, muchos nervios. Eso es lo que sentí en las afueras del pueblo de Cachora, cuando un arriero me mostró que mi destino estaba en lo alto de una montaña al otro lado del cañón del río Apurímac.
Era imposible. Mis piernas no superarían el reto de bajar y subir por las montañas que encausaban las aguas del torrente del “Dios que habla” (ese es el nombre del río en español). Pero rendirse no era una posibilidad. Quería que mi primera vez fuera exitosa, aunque la razón y mi escasa inexperiencia trekkera me llevaran a pensar lo contrario. “Vamos, tú puedes”, me arengué con más dudas que certeza.
Ahora que pienso en ese momento crucial. Ahora que me veo otra vez en las calles de Cachora (provincia de Abancay, región Apurímac). Ahora que recuerdo mi andar dubitativo detrás de las mulas que cargaban carpas y balones de gas, vuelvo a convencerme de que hice bien en no rendirme, en convencerme de que siempre se puede dar un paso más y de comprobar que los caminos son para recorrerlos de principio a fin.

No nos adelantemos. Vuelvo al principio. Al despertar madrugador para viajar a los 2902 m s. n. m. de Cachora. El Cusco es mi punto de partida y la carretera hacia Abancay, la vía asfaltada que me acercó a Cachora. Si quieres ir a este destino en transporte público, tendrás que bajar en el desvío a Cachora (comunícale al conductor) y desde ahí tomar un colectivo. Son 160 km de recorrido que se cubren en casi 4 horas.
Esa es una opción. Existe otra. Si estás en Lima enrumba por vía terrestre a Abancay (17 h) y, después de turistear por la capital de la región Apurímac (te recomendamos conocer el Santuario Nacional de Ampay), continúa en colectivo hacia Cachora (1 h 30 min), donde encontrarás alojamientos y restaurantes. Es una buena idea pernoctar en el pueblo para iniciar la caminata al amanecer.
El inicio del camino

Cuatro días para ir y volver por un sendero amplio que no es parte del Qhapaq Ñan, el Gran Camino de los incas. Eso no le quita interés al trekking. No hay manera de que eso suceda cuando descubres la silueta del apu Salkantay o admiras las montañas y el cauce poderoso del río, desde el puente colgante que cruza el Apurímac, el príncipe de lo sonoro, como leí alguna vez en un libro.
En ese puente que crucé al ir y al volver y que es el límite de las regiones Apurímac y Cusco, me sentí pequeño y hasta insignificante frente a la imponencia de la naturaleza. Sucedió lo mismo al arribar —cansado, sudoroso, casi sin energías— a Choquequirao, la “Cuna de Oro”, como la llaman algunos al traducir su nombre, la “hermanita de Machu Picchu”, le dicen otros. “Un lugar espectacular”, dije yo —sin demasiada poesía— al ver sus recintos de piedra por primer vez.
Sí, esa primera vez en la que cada paso fue un triunfo contra la distancia, los descensos resbalosos y las pendientes tortuosas. Así, metro a metro, el día uno coroné el abra de Capuliyoc (altura: 2915 m s.n.m. Distancia: 11 km aprox), donde con un poco de suerte se ve el vuelo del cóndor. No fui tan afortunado. Lo que me impactó fue el comprobar todo lo que tendría que subir para cumplir mi objetivo.

Hoy existe un tramo carretero que termina en este mirador natural. Tú decides si vas en taxi o caminas. Lo que viene después es el descenso hacia el río. Si vas solo y sin guía tienes que decidir dónde acamparás: en Chikiska (1950 m s.n.m.) o en playa Rosalina (1550 m s.n.m.) que están antes del puente colgante o alargar la primera jornada hasta Santa Rosa (2115 m s.n.m.), ya en la región Cusco.
¿Qué hacer?… en aquella primera vez dormí antes de cruzar el Apurímac. En aquel tiempo no existían zonas de camping y las agencias de viajes no operaban la ruta. En la actualidad es distinto. Hay tours que salen del Cusco, aunque a diferencia del Camino Inca a Machu Picchu puedes partir a Choquequirao sin formar parte de un grupo. A lo largo del sendero encontrarás lo básico para el éxito de tu aventura.
Cada vez más cerca de Choquequirao

Madrugar para ganarle al Sol y el Inti no golpee tanto en la subida. Arriba, siempre arriba, solo hacia arriba después de cruzar el puente. Otra vez los nervios, la desconfianza, las dudas. ¿Resistiré? Avanzo sin prisa. Cuento mi pasos. Doy veinte seguidos y descanso unos segundos. Así remonto la cuesta que me lleva a Santa Rosa (2 h) y a los 2800 m s.n.m. de Marampata (2 h 30 min).
Estoy cansado, pero contento porque la geografía encañonada, las montañas verdes, los apus nevados, los ocasionales compañeros y la ilusión de conocer una ciudad inca poco explorada, me llenan de fuerza y energía. Y aunque sé que aún me faltan dos intensas jornadas, en el silencio de mi carpa imagino mi sonrisa de extenuada satisfacción al dar el último paso.
El tercer día es de pura ansiedad. Choquequirao (distrito de Santa Teresa, La Convención, Cusco) está cerca: “dos o tres horas más”, pronostican los arrieros contratados en Cachora o en Capuliyoc. Retorno a la ruta. Hoy el sendero es más amable, menos retador. Lo recorro confiado. Me siento imparable. Ya quiero estar en la “Cuna de Oro” por primer vez, más no la última, aunque en ese momento no lo sabía, tampoco lo imaginaba.

Volví, varios años después volví y ya no dormí en Marampata, lo hice en el camping acondicionado por el Ministerio de Cultura, a tan solo 20 minutos del parque arqueológico. No era el único cambio. También se había establecido un horario de visita (de lunes a domingo desde las 7:00 a. m. hasta las 5:00 p. m.) y el ingreso ya no era gratuito. Todos los que llegan pagan 60 soles en el punto de control.
Cambia, todo cambia, como dice una canción. Si te animas a venir, encontrarás zonas para acampar y hasta alojamientos, además de pequeñas bodegas y restaurantes. Hoy hasta la zona arqueológica es distinta, porque en aquella primera vez que añoro, las andenerías de las llamas de sol —uno de los sectores más impresionantes—, estaban ocultas tras una maraña de vegetación.
Al fin en la “Cuna de Oro”

Falta poco, muy poco. Choquequirao (3050 m s.n.m.) se presenta con un largo muro de piedra. Solo un indicio, una antesala fabulosa de lo que se revelará ante mis ojos al ingresar a la ciudad de piedra visitada por Hiram Binghan en 1909, dos años antes de su “descubrimiento” de Machu Picchu o al subir al ushnu ceremonial para observar el sobrecogedor panorama andino y amazónico.
Lo conseguí. No era imposible. Estaba en la ciudad que habría sido construida en 1450 “en la época del apogeo del poder inca”, según el arqueólogo Pieter Van Dalen, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima. En un artículo publicado en la BBC Mundo, el estudioso de los “hijos del Sol” señaló que “Choquequirao pudo llegar a tener una población de alrededor de 2000 personas”.
Pero yo encontré una ciudad vacía y silenciosa. En esa soledad me pregunté que fue realmente la “Cuna de Oro”. Un templo, un centro administrativo, una zona agrícola como lo evidencian sus andenes o un importante punto de conexión entre los Andes y la Amazonía. Todo o nada. En aquel momento desconocía que es posible prolongar la caminata hasta Machu Picchu. Esa es una travesía pendiente (8 días en total).

No tengo prisa. Me guía la calma y la fascinación. Voy a la plaza principal bordeada por edificaciones de piedras de dos pisos, a las viviendas de los sacerdotes, a los recintos conocidos como kallancas, que podían cumplir distintas funciones, a las qolcas en las que se almacenaban alimentos. También al cementerio o muro triunfal en el que se hallaron 17 fardos funerarios.
Ya no me importan los 30 kilómetros del retorno a Cachora. Ahora Choquequirao es mi refugio, como dicen que lo fue para Manco Inca, el gobernante que impusieron los conquistadores, pero cansado de los abusos se alzó en armas y sitió el Cusco en 1536. Traicionado por uno de los suyos, se replegó en la selva, donde se formaría el Estado Neoinca hasta 1572.
¿La tercera es la vencida?

Manco Inca jamás fue derrotado. Hasta el último día de su vida siguió las costumbres y las tradiciones que aprendió de sus antecesores. ¿Fue Choquequirao realmente su último refugio? Existen dudas. En el artículo citado se menciona que “su difícil acceso ha alimentado también la teoría de que Choquequirao pudo ser uno de los últimos reductos de la resistencia inca”.
¿Verdad o mentira?… No lo sé, lo único cierto es que cuando estuve ahí, la primera y segunda vez, preferí creer. Viajar es también dejarse llevar por los caminos de las leyendas y los mitos. Tal vez quería sentirme un poco rebelde y un guerrero de los senderos cambiantes que son bajadas interminables y, luego, subidas que parecen imposibles.
No lo son. Nunca lo son cuando estás convencido que el destino es extraordinario y entiendes que siempre se puede dar un paso más y, si eso no fuera tan cierto -tal vez, quizá, por qué no- no es un pecado andar unos cuantos kilómetros sobre el lomo de un caballo alquilado a un infatigable arriero. Esto es posible en esta ruta porque el sendero no es parte de Qhapaq Ñan ni de los caminos incas secundarios.

¿Lo hice en mi primera vez?… no te lo diré, como tampoco te contaré lo que sentí al descubrir las llamas del Sol en mi segunda visita. Esa es otra historia, pero te contaré, como adelanto, que valió la pena retornar para conocer los únicos andenes que presentan la imagen de estos nobles camélidos, trazados con piedras blancas y orientados hacia el río Apurímac y el nevado Salkantay.
No sé si volveré. Espero que sí. Me encantaría partir de Cachora y dar mi último paso en Machu Picchu. Quizás lo haga pronto y tal vez te encuentre en la ruta. Tú viviendo intensamente la primera vez y yo alentándome con aquello de que a la tercera va la vencida. Que así sea porque los caminos existen para recorrerlos de principio a fin, aunque haya que ir contando los pasos de veinte en veinte.

noviembre 23, 2024