Perú: el país de los Apus o montañas sagradas

Soy demasiado poderoso para detener mis pasos. Yo no rindo honores, a mí me los rinden, sentenció jactancioso el “Hijo del Sol”, ante la sorpresa y la angustia de su séquito imperial. De nada sirvieron las palabras, consejos y recomendaciones del Willaq Umu. El sumo sacerdote incaico sabía que los Apus no perdonan ni olvidan. Son rencorosos. Tarde o temprano castigarían la soberbia del soberano cusqueño.

Desdeñando la opinión del sacerdote, el sapan inca —el Gran Inca o Único Inca— ordenó proseguir la marcha por el tramo del Qhapaq Ñan que llega a Huánuco Pampa, la capital del Chinchaysuyo. Tenía prisa, tanta prisa que consideraba innecesario y hasta una pérdida de tiempo, ofrendarle unas hojas de coca y, quizás, hasta sacrificar una llama, como señal de respeto a las montañas.

“Ese fue su error. Un grandísimo error. Un error que nosotros no vamos a cometer”, advirtió el guía cuando avanzábamos por el sendero prehispánico en el que —según la leyenda local que él nos revela— el sapan inca pidió perdón por su actitud sobradora y su falta de respeto hacia los imponentes guardianes y protectores de los territorios andinos. El Willaq Umu tenía razón: ellos no perdonan ni olvidan.

Lo supo el engreído “Hijo del Sol” cuando el horizonte se encapotó y el viento desató una furia huracanada. Después caería la lluvia y el granizo, un granizo robusto que golpeaba, que dolía, que dejaba marcas en la piel. Desesperado, el sumo sacerdote pidió clemencia y exhortó a su líder que cambiara de opinión. Lo convenció. Asustado, humillado y hasta lloroso, aceptó rendirles tributo a las montañas.

Eso es lo que me contaron. Eso es lo que escuché hace ya varios años, antes de detener mi en el Inka Nani —como es llamada la ruta que lleva a Huánuco Pampa— para pedirle permiso y protección a las cumbres cordilleranas. Juntos ofrendamos hojas de coca, fumamos un cigarrito y les dejamos puñados de caramelos. También brindamos en su honor. No hubo castigos. El ritual funcionó.

¿Quiénes son los Apus?

Apu es una palabra que leerás cuando empieces a buscar información sobre el Perú —incluyendo los textos de este y otros blogs—. Al llegar a nuestra tierra, la escucharás repetidamente en tus exploraciones en la geografía andina. Finalmente, las contemplarás en el horizonte de los valles y las pampas, entonces, comprenderás por qué causan fascinación y generan respeto desde tiempos ancestrales.

Pero, ¿qué son realmente los Apus?, ¿todas las montañas lo son o solo algunas? y ¿por qué los caminantes realizan rituales en su honor? Esas son las dudas que trataremos de disipar para que la palabra tenga un mayor sentido para ti y, ya en tu destino, mires con otros ojos —ojos de entendimiento y comprensión— a los guardianes de los pueblos de altura.

En término simples los Apus (señor en quechua) son montañas en las que mora un espíritu protector. Estas cuidan y vigilan un sector territorial o poblacional, siendo respetados y venerados por los habitantes de las comunidades circundantes. Por esa razón, los pueblos o provincias tienen su propio Apu, aunque algunos de ellos alcanzan una preponderancia mayor.

Es el caso de los Apus Ausangate, Salkantay, Machu Picchu en Cusco; Pariacaca, en la sierra de Lima; Huascarán —la montaña más alta del Perú— en Áncash; los volcanes Misti, Coropuna y Ampato, en Arequipa; y el Huaytapallana en Junín, entre otros. Se sabe también que estas divinidades se comportan de manera distinta. «Cada una tiene su carácter y su forma de ser», me contó un comunero, quien agregó que existen profundas rivalidades entre ellas.

Pero hay más detalles. Los Apus de nieve son reverenciados porque sus deshielos forman lagunas y ríos. Esas aguas les dan vida a los valles. De otro lado, por su altitud se les considera lugares de acercamiento y conexión con el Sol. Además, se cree que protegen los caminos y que los andariegos, para evitar problemas, deben rendirle tributo cuando ingresan en sus territorios.

El enfado del Pariacaca

Todos los Apus son montañas (nevados o volcanes), pero no todas las montañas son Apus. Solo las cumbres que están envueltas por un halo legendario y son consideradas como generadoras de vida, tienen esa condición. Es el caso del Pariacaca, un nevado de 5750 m de altura, localizado en la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas, en las regiones de Lima Provincias y Junín.

En el siglo XVI se escribió en quechua el Manuscrito de Huarochirí. En ese texto se relata que Pariacaca nació de un huevo en el cerro Condorcoto. Considerado protector y creador del entorno andino, se enfrentaría a Huallallo Carhuincho, el dios del fuego de los wankas. Fue una lucha tan cruenta que el dios Huiracocha —la divinidad mayor de la cosmovisión andina— lo castigaría convirtiéndolo en nevado.

Los ecos de ese enfrentamiento todavía se escuchan en las alturas de Lima y Junín. La rivalidad se mantiene. Lo sé por experiencia propia. Años atrás estuve en Nor Yauyos Cochas y mis andares me llevaron a las faldas del Apu. Respetuoso de la tradición, ofrendé mis hojitas de coca para que no se presentaran inconvenientes. De nada sirvió. La nevada y el granizo casi me congelan.

No era tiempo de heladas, pero el frío de aquella tarde jamás lo olvidaré. ¿Qué fue lo que sucedió? La explicación racional dice que el clima en los Andes es impredecible; pero, al ser “ametrallado” por el granizo, mi mente pensó en otras razones. El Pariacaca no aceptó mis ofrendas porque antes, mucho antes de estar en sus dominios, mis afanes viajeros me llevaron al Huaytapallana.  

De vuelta al mito, a la leyenda, al enfrentamiento. Huaytapallana, la hija de Huallallo Carhuincho, se enamoró de Amaru, el hijo de Pariacaca. Era un amor prohibido. Un amor imposible. Un amor que terminó en tragedia. Ambos murieron por culpa de sus padres. Fue acaso por ese conflicto que el Apu se “emberrinchó” y desató la descomunal granizada. ¿Ustedes que creen?

Los Apus del Cusco 

Ni lluvias ni granizadas cuando estuve en el Ausangate y el Salkantay. Será que entre ellos no hay resentimientos ni luchas milenarias. Todo lo contrario, la relación entre los Apus principales del Cusco es cordial. Son como hermanos separados que recorren caminos distintos, pero que tienen un mismo objetivo: velar pacíficamente por la seguridad y el bienestar de las comunidades que protegen. 

Así que no te preocupes. En las montañas cusqueñas no sufrirás ninguna represalia. Ni el Creador de las Aguas (Ausangate en español) ni la Montaña Salvaje o Indomable (Salkantay en español) se comportan como el Pariacaca. Ellos no se resentirán si visitas primero a su “hermanito”. Enrumba con calma hacia estos parajes cordilleranos que te encantarán por su imponente belleza, su trascendencia cultural y su aura mítica.

En los Apus cusqueños caminarás uno o varios días entre la vegetación andina, mientras asciendes a las abras (los pasos de montaña) y te acercas a varias lagunas de aguas espléndidas. Si era un aventurero podrás acampar o dormir un rústicos refugios, pero, antes de soñar con lo que vivirás en las jornadas siguientes, déjate seducir por las constelaciones que titilan en el cielo serrano.

Días y noches extraordinarias en el Ausangate (6384 m), donde todos los años se celebra al Señor de Qoyllur Rit’i, la peregrinación religiosa y sincrética más grande del mundo andino; y en los retadores senderos del Salkantay (6271 m), una de las rutas de trekking más atractivas del Cusco que, paso a paso, metro a metro, te acerca a Machu Picchu, el maravilloso legado de los incas.

Las montañas te esperan. Acércate a ellas con respeto, como lo hacen desde siempre los comuneros. Ya en sus dominios, anímate a ofrendar unas hojas de coca, a brindar con chicha, a encender un cigarrito sin filtro. Es la costumbre y una parte muy importante de la cosmovisión de tus anfitriones. Si tienes dudas, recuerda lo que le sucedió al mismísimo “Hijo del Sol” cuando no quiso que su séquito se detuviera frente a los Apus del Chinchaysuyo.

septiembre 23, 2025