Cusco: Waqrapukara, la fortaleza del cuerno

Despertar temprano, muy temprano, antes de que amanezca en el Cusco. Ese sería el primer reto. Un reto que empezó entre bostezos y estirones para espantar el sueño y no salir como un sonámbulo o un zombi a las calles desoladas de la ciudad en la que era un forastero, de la ciudad de la que partiría siendo un turista, pero a la que volvería convertido en explorador.

Ese pensamiento me impulsa a salir de la habitación con el ánimo al tope y la convicción de que vencería todos los obstáculos del camino; pero, mi ímpetu se vino abajo cuando el viento frío me “abofeteó” por primera vez. No, eso era demasiado. Solo un loco abandonaría la tibieza de la cama para buscar el paradero de los colectivos que lo acercarían a su destino.

Lo peor de todo es que yo era ese loco, un loco que no cambiaría sus planes de llegar hoy, si, hoy, a Waqrapukara, “la fortaleza del cuerno” en español. “Tú puedes”, me arengué para continuar bajando las escaleras del hotel. Lo hice con más dudas que certezas por el clima hostil y el matrimonio que se festejaba en el primer piso. Los asistentes estaban tan alegres que seguro querrían brindar conmigo.

“Sí, acepto”, respondí como si fuera un novio en el altar… “pero, solo un traguito”, advertí a sabiendas que me invitarían más de uno. Gajes viajeros. Cosas que suceden en el Perú, un país de puertas abiertas donde se invita, se comparte, se acoge al visitante como si fuera un familiar, en especial en los días de fiesta en el que todos son bienvenidos. Todos tienen que estar felices.

Cumplo mi advertencia. Me despido. “Nos vemos en el divorcio, mis waykis (amigos)”, me atrevo a bromear, inspirado por ese traguito que me quitó el sueño y la pereza. También el frío. Salgo. Camino por el barrio de San Blas, la plaza de Armas y varias calles con nombres en quechua y español. Ya no hay vuelta atrás. Mi travesía hacia Waqrapukara ha comenzó. ¡Acompáñame!

Amanecer en la carretera

En Cusco una vez más y no para visitar la maravillosa Machu Picchu ni la desafiante Choquequirao, con su trekking de cuatro días. Tampoco el rosario de pueblos y zonas arqueológicas que embellecen el Valle Sagrado de los Incas o los caminos sinuosos que se acercan y rodean a los apus Ausangate y Salkantay, los nevados que tutelan y protegen a la “Capital Histórica del Perú”.

Hay que variar, hay que explorar, hay que conocer otros destinos. La búsqueda de atractivos alternativos enriquece tu itinerario y aviva tu espíritu aventurero. Siempre es bueno “escaparse” uno o dos días de los circuitos más populares, para enrumbar hacia ese lugar apenas explorado que te recomendó un taxista, el recepcionista de tu hotel o el trotamundos que conociste en un bar.

Esa búsqueda me llevaría a los 4100 m s. n. m. de Waqrapukara, en un tiempo en el que nadie —o casi nadie— exploraba este complejo arqueológico del distrito de Acos, provincia de Acomayo. Localizada en lo alto de una montaña que se asemeja a una cornamenta, en la zona se han encontrado evidencias de varias culturas prehispánicas, incluyendo a los incas, los “Hijos del Sol”.

Pero eso no lo sabía al salir del hotel. En ese momento de bostezos y estiramientos mi primer objetivo era abordar los colectivos a Sicuani (parten de Wanchaq, altura del coliseo cerrado) y bajar en el puente Chuquicahuana (2 h, aproximadamente, costo del pasaje: 15 soles, precio referencial).

En ese punto me encontraría con Godofredo, compañero de varias escapadas a lugares poco conocidos del Cusco. Y ahí estaba yo, esperando su llegada en medio de la carretera. ¿Se habrá desanimado?, me preguntaba, mientras le echaba una miradita al cielo, con la esperanza de que el tayta Inti (el padre Sol) despertara de una buena vez para calentar el amanecer andino.

Waqrapukara: un crisol cultural

Solo me quedaba esperar y renegar por meterme en este tipo de aventuras. Tan bien que la estaría pasando en el matrimonio o en una de las tantísimas excursiones que los operadores cusqueños ofrecen a los turistas que recorren las calles del “ombligo del mundo”. Así es llamada desde tiempos prehispánicos la capital de Tawantinsuyo, el vasto imperio de los incas.

La oferta es variada e incluye salidas de un día a Waqrapukara. Eso ocurre ahora, antes no, antes tenías que ir por tu cuenta, siempre por tu cuenta hasta el puente Chuquicahuana y desde ahí en taxi colectivo (10 soles. Tiempo de viaje: menos de una hora) hasta la laguna y el pueblo de Pomacanchi. Pero en el “corral del puma” -eso significa su nombre en español- no terminaba el peregrinaje carretero.

“En Pomacanchi —3693 m s. n. m.— buscaremos una movilidad a Santa Lucía. Ojalá la encontremos al toque (rápido). A veces no hay. Si tenemos suerte llegamos en una hora a la comunidad. Bajando nomás arrancamos a “patita” (caminando) hasta la fortaleza. Serán cinco kilómetros de ida y otros cinco de vuelta”, me contó Godofredo ni bien apareció para evitar mis reclamos por su tardanza.

Lo logró. Su información apaga mi furia. Ya quería estar en el pueblo, ya quería encontrar un camión, combi o taxi viejo que nos dejara en Santa Lucía, ya quería dar el primer paso hacia un complejo arqueológico que “algunos expertos creen que fue originalmente una obra de los canchis, un pueblo guerrero que prosperó antes que los incas, quienes terminaron por hacerse con el control de la zona”.

En un artículo publicado en BBC News Mundo, Óscar Montúfar, de la Universidad Nacional San Antonio Abad de Cusco, señala que “hay indicios de que sus orígenes pueden ser aún más antiguos”. En su opinión, Waqrapukara pudo ser un crisol cultural porque “hay evidencias arqueológicas de las culturas pukará, la más antigua, tiawanaku, wari, canchis y luego de los incas”.

Una fortaleza sagrada

Calma, no te apresures. Mide tus pasos. La ruta recién empieza. No te exijas demasiado. No aceleres, no corras, no persigas a nadie. Disfruta. Encuentra tu propio ritmo. Detente para hacer varias fotos, para respirar a pulmón lleno, para observar las montañas rocosas, los campos de cultivo, los rebaños de alpacas, llamas y ovejas, también de la profundidad del cañón del río Apurímac.  

No te asustes si te falta el aire o si tu corazón retumba como el bombo de una banda. No es fácil caminar en los Andes. La altura y las pendientes te ponen a prueba en cada paso… esos pasos que me llevan a Waqrapukara. Si, ya la veo, ya despunta en el horizonte. Es emocionante ver sus “cuernos” y sentir que estás cerca, muy cerca de sus andenes, sus muros de piedra y sus templos.

“Cuando los incas llegaron lo designaron un lugar sagrado, pero fue usado para ritos y peregrinaciones también por las culturas preincaicas”, se explica en el articulo ya citado. Esta hipótesis se sustenta en la existencia de puertas con triple jambas, porque “solo los espacios con una dimensión religiosa presentan estos tres marcos empotrados dentro de otros marcos”.

Un lugar sagrado con un vista impactante del entorno paisajístico. Me siento un privilegiado al estar aquí, fotografiando muros de fina arquitectura inca, ingresando a varios recintos de piedra, observando las andenerías o terrazas de cultivo que, además de asegurar la alimentación, servían para prevenir los deslizamientos de tierra. Me encantaría quedarme, pero “tenemos que volver ya”, me convence Godofredo.

Cae la tarde. Aceleramos. No queremos que la noche acompañe nuestro andar. No queremos arribar a Santa Lucía cuando sea imposible encontrar una movilidad a Pomacanchi. Otra vez le doy una miradita a taita Inti para que siga alumbrándonos. Me escucha y me bendice porque con las justas atrapamos una camioneta. En el retorno pienso en todo lo que me hubiera perdido si decidía quedarme en el matrimonio.

abril 8, 2025