Machu Picchu: recuerdos de un viaje en tren

En el asiento del frente, dos niños repiten la palabra “chicharrón” con insistencia de disco rayado. Lo hacían con un acento extraño, ajeno al español peruano y al español de cualquier país del mundo. Al escucharlos, su madre se moría de la risa. No sucedía lo mismo con el papá, quien tenía los mismos problemas de pronunciación. Él se esforzaba, pero no podía decirlo bien.

Más risas, muchas risas en el vetusto vagón del tren que se aleja con pereza de una ciudad monumental. Ahora, la madre, que es peruana y cusqueña, se convierte en profesora de lenguaje: “Chi-cha-rrón”, silabea moviendo teatralmente los labios; entonces, sus “alumnos” repiten en coro la dificultosa palabra. “Muy mal. Los voy a castigar”, los reprende cariñosamente.

Fue así, escuchando los “fracasos” verbales de los hijos y el padre de una familia medio peruana y medio ¿francesa o alemana?, que empezó mi primer viaje a Aguas Calientes, el pueblo al que hay que llegar para ascender a Machu Picchu (a pie o en ómnibus). En aquel tiempo —hace más de 25 años— los vagones eran algo así como las Naciones Unidas sobre rieles. Ciudadanos de múltiples países compartían los asientos, los pasadizos y cualquier espacio libre.

El exceso de pasajeros, las mochilas ropero de los trotamundos, los atados y bultos de los lugareños, sumados al parloteo en distintas lenguas, al pregón comercial de los vendedores de choclo con queso, y a las anécdotas en quechua y en español que narraban los guías y porteadores del Camino Inca, creaban un extraño, pero armonioso “conflicto” internacional durante el largo trayecto.

Será por esas amistosas escaramuzas que recuerdo con tanto cariño aquella travesía o es la nostalgia del todo tiempo pasado fue mejor —o al menos más divertido y desordenado— la que me motiva a idealizar el lento recorrido del tren que abordé tempranito en la estación San Pedro del Cusco para cumplir uno de mis sueños andariegos: explorar el mayor legado arquitectónico de los incas.

La desaparición de Aguas Calientes

Cambia, todo cambia. Los recuerdos del ayer no coinciden ni encajan con las vivencias de hoy. Tal vez lo único que se mantiene invariable es la majestuosidad de Machu Picchu, aunque ahora conseguir una entrada puede convertirse en un drama en la temporada alta (adquiérelas con anticipación). Eso no es todo. Actualmente, los horarios y circuitos que deben cumplir y seguir los turistas son estrictos. Antes no era así. Uno podía quedarse el día entero.

Más cambios, más nostalgias. En el tren ya no hay armoniosos “conflictos” internacionales por la existencia de varios servicios —desde el modesto tren local hasta el ostentoso Hiram Bingham—, mientras que el nombre Aguas Calientes ha encontrado refugio en la memoria de los viajeros veteranos que —por costumbre o acaso por pura terquedad— se resisten a hablar de Machu Picchu Pueblo.

Es Aguas Calientes y punto”, se aferran ellos —nos aferramos— a la denominación popular que se mantuvo vigente hasta hace poco. De nada sirve que les expliquen —nos expliquen— que Machu Picchu Pueblo es el nombre oficial de la capital del distrito de Machu Picchu (provincia de Urubamba) desde el 1 de octubre de 1941, fecha en la que se promulgaría la Ley N.º 9396.

Lo que ninguna ley logrará cambiar es el hecho de que antes o después de tu aventura —o si quieres antes y después— tendrás la opción de relajarte en las aguas termales de un pueblo que surgió con el tren. Ese tren que empezó a construirse en las primeras décadas del siglo XX. Ese tren en el que oí a unos niños decir “chi cha rrón”. Ese tren que te acercará a una de las 7 maravillas del mundo moderno.

De campamento ferroviario a destino turístico mundial. Un cambio inesperado que empezaría a gestarse —sin que nadie lo supiera ni imaginara— el 24 de julio de 1911, cuando Hiram Bingham fue guiado por el niño Pablito Riccharte hacia una ciudad prehispánica desconocida en las montañas verdes del Cusco. Un tesoro arqueológico que el investigador estadounidense difundiría en los cinco continentes.

Varios trenes un mismo destino

La “presentación” de Machu Picchu en la revista National Geographic (edición de abril de 1913), despertaría el interés de los investigadores y viajeros por la nueva joya arqueológica. El deseo de acercarse a la llaqta construida en el siglo XV por órdenes del inca Pachacutec, se mantiene hasta hoy. La mayoría se aproxima a su ansiado destino por una línea férrea construida para unir los Andes con la ceja de Selva.

Del Cusco hasta la hacienda Santa Ana (Quillabamba, provincia La Convención), ese fue el plan y el proyecto impulsado por el diputado Benjamín de la Torre en 1907. La desidia estatal y la lentitud burocrática retrasarían el inicio de las obras hasta 1914. En 1928 los rieles y durmientes llegarían a Aguas Calientes. Nuevos problemas, más demoras. En 1950 se reanudarían los trabajos hacia la selva.

A estas alturas del relato te estarás preguntando si las obras culminaron o se quedaron inconclusas. La respuesta es sí. En 1978, tras un largo “viaje” de 71 años, se inauguró el servicio Cusco-Quillabamba. Pero esta historia no tiene un final feliz. En 1998 un huayco (deslizamiento de tierra) ocasionaría la suspensión de los servicios de carga y pasajeros hasta el día de hoy.

La situación es totalmente distinta en el tramo a Machu Picchu Pueblo. La ruta es operada por las empresas PeruRail e Inca Rail, las cuales ofrecen varios horarios y tipos de servicio. La partida y llegada se realiza en diversas estaciones, siendo la más solicitada la de Ollantaytambo (1 h 30 min). Los precios fluctúan entre los 20 soles (tren local, solo peruanos) y los 500 dólares (la ida o la vuelta en el Hiram Bingham).

Entre la austeridad del tren local y el lujo del Bingham hay otras opciones atractivas, como el Expedition ($ 57), el Vistadome ($ 91) y el Vistadome Observatory ($ 114) en PeruRail; y el The Voyager ($ 57), The Prime ($ 91) y The 360 ($ 98) en Inka Rail. Los precios citados tienen a Ollantaytambo como estación de partida (1 h 20 min desde el Cusco por carretera).

Un sueño hecho realidad

Otra vez en el tren de los recuerdos. Los niños son vencidos por el bamboleo incesante de los vagones. Ellos descansan mientras sus padres observan el paisaje que se dibuja tras las ventanas. Es lindo y cambiante. Las montañas imponentes, el correr del río Urubamba o Vilcanota, el verdor de los campos de cultivo y la rusticidad de las casas campesinas, ayudan a hacer más impactantes y llevaderas las 4 horas de viaje.

Eso es lo que tarda el recorrido a “todo vapor” del Cusco (3400 m s. n. m.) a Machu Picchu Pueblo (2040 m s. n. m.). La vía tiene una extensión de 112 kilómetros. Esta es estrecha, sinuosa y en su trazo se presentan varias curvas y zigzag. La velocidad oscila entre los 30 y 45 km por hora. Despacio, pero seguro, es la consigna de las locomotoras diésel o diésel-eléctricas que “dirigen” los convoy ferroviarios.

Paciencia. Que son cuatro horas más cuando voy a cumplir un sueño de toda mi vida. Desde niño quería estar en Machu Picchu, un lugar tan admirado a nivel mundial que muchos de los que saben de su existencia, desconocen o no pueden precisar con exactitud en qué país se encuentra. La Montaña Vieja, ese es el significado de su nombre en español, es más famosa que el Perú.

Es nuestro ícono, nuestro símbolo, nuestra maravilla que inspiró al premio nobel Pablo Neruda a escribir estas palabras: “Después de ver las ruinas de Machu Picchu las fabulosas culturas de la antigüedad parecían estar hechas de papel maché”. Entonces, cómo no iba a estar emocionado y expectante durante mi primera excursión a una construcción humana que parece ser un legado divino.

Se escucha el pitido final del tren. Los niños despiertan. Sus padres los cogen de las manos. Desorden momentáneo. El fin de la armonía. Todos quieren bajar primero. ¿Será la ansiedad por emprender el último tramo a la llaqta? No lo sé. No quiero saberlo. Mi único propósito es estar muy atento para recordarlo todo. Me alegra haberlo hecho. Así puedo contarte esta historia después de más de 25 años.

diciembre 25, 2025