Cusco: los caprichos del abra Málaga

¡Vas a pasar por el abra Málaga!”, me dijo en un tono que revelaba admiración y cierta dosis de advertencia. En ese momento me sorprendió que el fogueado explorador con el que conversaba, se enfocara en el espacio geográfico que marca el final de los Andes y el principio de la Amazonía, en vez de describirme los atractivos de la cálida y boscosa provincia cusqueña de La Convención

Sería porque el Perú es un país de abras famosas y temibles, como la célebre Ticlio o Anticona, el punto de mayor altura (4843 m s. n. m.) de la carretera y el ferrocarril que conecta Lima con la sierra y selva central. En este escenario natural a 60 km al este de la capital (distrito de Chicla, provincia de Huarochirí), muchos viajeros sienten mareos, náuseas y malestar generalizado, además de falta de aire al momento de respirar.

Esos son varios de los síntomas de la enfermedad leve y pasajera que la ciencia denomina Mal Agudo de Montaña (MAM), pero que los peruanos conocemos como soroche o mal de altura. Nadie esta libre de estos padecimientos que se producen por el ascenso rápido y sin aclimatación previa a zonas, pueblos y ciudades que se encuentran a miles de metros sobre el nivel del mar.

Pero aquel anuncio entre la admiración y la advertencia no estaba relacionado con el soroche. Mi interlocutor sabía que he remontado muchas abras peruanas y cusqueñas en bus y a pie. Salkantay (4650 m s. n. m. en el trekking del mismo nombre), Palomani (5200 m s. n. m. en la ruta del Ausangate) y Warmiwañusca (4200 m s. n. m., en el Camino Inca a Machu Picchu) son “galardones” en mi hoja de vida viajera.

¿A qué se refería entonces? ¿Cuáles eran las razones que motivaban su comentario sobre aquella abra ubicada a 130 kilómetros del Cusco y a 44 de Ollantaytambo, la histórica y turística “Ciudad Inca Viviente del Valle Sagrado? Se lo pregunté vencido por la curiosidad, pero, no obtuve la respuesta que buscaba. Él solo sonrió y, luego de un largo silencio, me espetó un enigmático: “ya te darás cuenta”.

Una noche en el abra

Y vaya que me di cuenta, claro que me di cuenta, tanta cuenta que, después de lo vivido, soy yo el que ahora dice entre la admiración y la advertencia: “¡vas a pasar por el abra Málaga!”, cuando me entero de que un amigo o conocido partirá hacia ese destino. ¿Quieres saber por qué lo hago?… entonces, sigue leyéndome. Estoy seguro de que te sorprenderá mi experiencia en este paso montañoso.

No es una historia grata, pero, como el desenlace fue positivo, te la cuento para evidenciar que las travesías no están libres de sucesos imprevistos. A veces, contradiciendo a las estaciones, en las alturas se desata una nevada intensa y castigadora. Eso fue lo que sucedió cuando retornaba al Cusco después de conocer Quillabamba, la capital de la provincia de La Convención.

La “pampa de la luna”, esa es la traducción de su nombre al español, es un destino verde con escenarios naturales como la catarata de la Siete Tinajas y zonas arqueológicas cercanas como Huamanmarca o Ñusta Hispana. También es el punto de partida hacia el pongo de Mainique, donde el cauce del río Urubamba se estrecha y encañona. Cruzarlo es un desafío trepidante y adrenalínico.

Esa es otra aventura. Volvamos a la nevada que bloquearía por horas, muchas horas, tantas horas la carretera, que pasaría una tarde y una noche completita en el interior del bus con escasas comodidades que me llevaba de retorno a la “Capital Histórica del Perú”. Y pensar que todo andaba de maravilla hasta que en un paraje desolado el conductor apagó el motor.

¿Falla mecánica (y ahora quién nos salvará), el chofer quería tomar una siestecita o, tal vez, era una parada de urgencia solicitada por uno de los pasajeros (nadie está libre de esos apuros)? Eso fue lo que pensé equivocadamente. Los minutos volaron y la marcha no se reinició. Preocupado recordé el enigmático “ya te darás cuenta” que complementó al inicial “vas a pasar por el abra Málaga”.

Y, bueno, justamente eso de “pasar” terminó siendo el problema. No se podía. La nieve, el hielo, el mal clima impedía el tránsito por la carretera asfaltada llena de curvas que bordea Málaga; un abra a 4316 m s. n. m. con fama de caprichosa. Hay muchos relatos de pasajeros varados por las precipitaciones intempestivas y otros motivos. El mío es uno más entre todos ellos. 

Caminata en la nieve

Una historia con final feliz, pero con harta hambre —sin almuerzo ni cena, solo con una salvadora botella de agua— y mucho frío en la noche en la que mi bus no avanzó ni un centímetro. No era el único. Una larga hilera de vehículos “dormidos” esperaban el milagroso arribo de una maquinaria que despejara la vía. Nunca llegó. La situación era crítica y angustiante. Tenía que actuar. Y lo hice.  

Agarré mis cosas, bajé y enrumbé con dirección a Ollantaytambo por el asfalto congelado. Mis pasos no me llevarían hasta allá, lo sabía, pero, al menos, me ayudarían a escapar del abra. Y me eché a andar, a pesar de estar débil por la falta de comida y el mal sueño, del agua nieve que se filtraba por los resquicios de mi impermeable y del viento castigador que se ensañaba contra mis mejillas.

Mi persistencia fue recompensada. Después de un largo trecho esquivando camiones, buses y autos, me di cuenta de que una pick up se desprendía de la hilera de vehículos detenidos para retornar a Ollantaytambo. Corrí. Grité. Levanté mis brazos. El conductor se detuvo. Me rescató. En una tolva descendería a la “Ciudad Inca Viviente”. Un humeante caldo de gallina sepultaría mi hambre.  

Ya en el Cusco, refugiado en la comodidad de un hotel, me hice la promesa de volver. Quería mi revancha en un día sereno porque, como comprobaría al honrar mi palabra años después, el ¡vas a pasar por el abra Málaga! tiene otro significado. Uno que está ligado a la contemplación de su geografía y a la búsqueda de las especies de flora y fauna que habitan en este paso de montaña.

El retorno al abra

Dos veces volví y todo fue diferente. El abra me trató con amabilidad. Se podría decir que nos “amistamos” y que aquella jornada de nieve, frío y hambre se convertiría en una anécdota. También en una lección. Los pasos de montaña son zonas geográficas de climas inestables y severos. Nunca hay que confiarse. Siempre hay que llevar abrigo y algo de alimento cuando nos acerquemos a ellas.

No importa si solo las verás pasar por la ventana de un bus. El viajero precavido disfruta más de las rutas y de las visiones panorámicas que ofrecen lugares como Málaga, en el límite de las provincias de Urubamba y La Convención. Al cruzarla, la geografía empieza a transformarse dramáticamente. Así de complicado y cambiante es el territorio cusqueño, el territorio peruano.

En mis retornos pude caminar e internarme en sus sinuosidades. En mi peregrinaje descubrí sus bosques de queuña (Polylepis), un árbol andino que resiste estoicamente la rigurosidades del clima, admiré la grandeza de La Verónica, el pico de mayor altura de la cordillera del Urubamba (5792 m) y busqué las especies de aves que despiertan la curiosidad de los birdwatcher.

No soy uno de ellos, aunque igual intenté avistar al churrete andino, al torito de pecho cenizo, al colibrí rayito de sol, a los cóndores y halcones que habitan este peculiar ecosistema en el que se han registrado más de 300 especies de aves. Mala suerte. Será para la próxima, esa próxima en la que quizá me anime a pedalear desde el abra hasta las nacientes de la selva de La Convención.

Ya lo sabes, si quieres conocer un atractivo retador y fascinante en el Cusco, pasa en un vehículo o camina en el abra Málaga. Tú decides. Lo bueno es que hagas lo que hagas, vivirás una gran experiencia, de esas que quedan grabadas en la memoria viajera y se convierten en una historia que se relata más de una vez, como lo he hecho yo a través de esta palabras.

enero 9, 2026