Chonta: los cóndores del Cusco

La curiosidad es una excelente compañera de viaje como también lo es la duda. La primera te impulsa a descubrir, explorar y aventurarte más allá de lo esbozado en tu itinerario. La segunda, en cambio, te lleva a desconfiar, a sospechar y a ser cauteloso cuando te hablan de un “nuevo atractivo” o te describen un “lugar maravilloso” que muy pocos visitan.

¿Y si ese destino no es tan bonito ni impresionante?, te dicta la duda y la cautela, contradiciendo a la curiosidad que ordena y exige partir cuanto antes a esa zona arqueológica que, según dicen, es igualita a Machu Picchu, a ese senderito escondido que es mejor que el Camino Inca, a ese mirador que deja chiquito a la afamada Cruz del Cóndor del valle y cañón del Colca (Arequipa).

Pero que hacer en esos casos. Respetar celosamente el itinerario o dejar siempre un espacio abierto a lo desconocido. A esa disyuntiva me enfrenté hace ya algún tiempo en Cusco, cuando me aclimataba a los rigores de la altura antes de dar el primer paso en la ruta del apu Ausangate. Un trekking de cinco días por caminos retadores y exigentes que revelan la grandeza geográfica de los Andes.

Andar en los dominios de esa montaña protectora y sagrada era mi único objetivo, hasta que escuché un “no hay pierde, siempre se les ve”, mientras pensaba que sopa o caldo elegir en uno de los puestos de comida del tradicional mercado de San Pedro, un refugio gastronómico para los turistas que quiere probar la sazón local con raciones bien servidas y precios apetitosos.

Aquellas palabras pronunciadas por un vecino de mesa que saboreaba un caldo de cabeza, despertaron mi curiosidad. Y no es que sea chismoso, pero afiné mis oídos para seguir aquella conversación. Así me enteré de que aquel joven vio volar a varios cóndores sobre las profundidades del cañón del Apurímac, en un mirador que no estaba ni tan cerca ni tan lejos de la ciudad del Cusco.

Tentado por los cóndores

Chonta se llamaba aquel lugar localizado a tan solo 98 km al noreste de la antigua capital de los incas, como averiguaría después. También me enteraría de que los visitantes, además de observar a los cóndores, se quedaban absortos ante la profundidad del cañón del Apurímac y la grandeza de los nevados Salkantay y Humantay, dos gigantes cordilleranos que se perfilan en el horizonte.

Fue entonces que la curiosidad y la duda entraron en un abierto conflicto. ¿Qué hacer? Respetar mi plan original o darme una escapadita antes de emprender la ruta al Ausangate. Ir o no ir. Dudas e incertidumbre. Al final se impuso mi espíritu aventurero. Partiría a Chonta (distrito de Limatambo, provincia de Anta) con la convicción de que el Cusco turístico jamás me decepciona.

¡Y esta no será la primera vez!, fue mi arenga o mantra cuando preparaba la mochila. Con ese pensamiento positivo salí hacia la calle Santa Ana del Cusco, donde parten las unidades del transporte público hacia Limatambo (15 soles aproximadamente). Ese sería el inicio de mi inesperada búsqueda de un ave admirada y reverenciada desde tiempos inmemoriales.

Ser testigo del vuelo de los cóndores es uno de los espectáculos naturales más impresionantes de los Andes. Los vultur gryphus (ese es su nombre científico) son las aves carroñeras de mayor tamaño del planeta. Dominadores de los vientos y las térmicas, ellos se muestran imponentes cuando abren sus alas en el cielo. Una imagen difícil de olvidar. Una imagen que queda grabada en la memoria del viajero.

Adiós a los recuerdos. Si todo salía bien mi memoria atesoraría nuevas visiones de los kuntur (como son llamados en quechua), pero ya no entre las montañas y andenes del Colca (Arequipa) ni en el desierto que mira al mar en la reserva nacional San Fernando (Ica), tampoco en la sierra de Lima sino en las afueras de la ciudad imperial, de la “Capital Histórica del Perú”, del ombligo del mundo andino.

La ruta al mirador

El Cusco urbano (3400 m s. n. m.) comienza a quedar atrás. El bus avanza por la carretera asfaltada que serpentea hasta Abancay, la capital de la región Apurímac. El destino es Limatambo, donde abordaré un auto colectivo hacia la comunidad de Chonta (distancia: 10 km; costo: de 15 a 30 soles; tiempo: 45 min). En este punto se inicia un camino pedestre de 3,5 km (precio de la entrada: 10 soles).     

A diferencia de lo que ocurre en otros lugares, aquí no es necesario madrugar para tener éxito. Todo lo contrario. “En las tardes es mucho mejor. No le miento, señor. Una vez vi 20 cóndores”, me comentó con desbordante entusiasmo uno de los comuneros con los que me crucé en el sendero que, bordeando el vacío y la profundidad, conduce a los tres miradores habilitados en Chonta.   

Sus palabras me animaron. Tenía temor de que los kuntur no aparecieran porque mi excursión no programada comenzó bien entrada la mañana cusqueña. Y si bien no pretendía ver 20 ejemplares, me sentí aliviado al saber que mis probabilidades de éxito eran bastante altas, entonces, mis pasos aventureros que ascenderían de los 3350 a los 3380 m s. n. m. no serían en vano.

Lo único que me apenaba es que no tuve el tiempo suficiente para organizar un itinerario. Si después de leerme te animas a conocer Chonta, te sugiero salir temprano (mas no de madrugada) para que puedas hacer paradas estratégicas en los complejos arqueológicos de Quillarumiyoc y Tarawasi, ambos son de origen inca y se encuentran en la ruta al mirador.

En otro texto te contaré más sobre ambos lugares. Ahora solo los menciono a la volada, para estar a tono con los cóndores. Esos cóndores que vería por andar de “chismoso” en el mercado de San Pedro y, luego, dejarme convencer por la curiosidad. Esa excelente compañera de viaje que te lleva a modificar tu hoja de ruta, contrariando a la precaución y a la duda que se aferran a lo programado con anticipación.

Cóndores en el cielo

La expectativa, las ansias, la espera en los tres miradores. “Tranquilo. Ahorita salen”, me tranquilizan los comuneros. Ser paciente es clave. Aquí no hay horarios establecidos, entonces, mientras aparecen los cóndores andinos, lo mejor es admirar con calma el panorama encañonado del río Apurímac, el límite natural entre las regiones de Cusco y Apurímac.

Visiones fascinantes. La profundidad, el panorama montañoso, las luces y las sombras del atardecer y esas nubes esponjosas que parecen “competir” para ver quien tapa primero al sol. El silencio, la calma y el viento que acaricia a veces y otras tantas alborota con su aliento frío, son el complemento perfecto de un momento sublime y de intensa conexión con el entorno geográfico.

Solo falta los protagonistas de esta historia. ¿Y si no aparecen los gigantes cuya envergadura puede superar los 3 metros? ¿Y si una lluvia esporádica espanta a estas aves emblemáticas que son capaces de volar por encima de los 5000 metros? ¿Y si el comunero mintió y muy rara vez los turistas observan a los vultur y alcanzan a distinguir el collarín de plumas blancas que caracteriza a los machos?

Incertidumbre. Se acerca la hora del retorno. ”No se vaya. Ya van a salir”, insisten los comuneros. Lo escucho, le hago caso… Tenía razón. Ahora los veo dominando las corrientes. No son veinte. Bah, eso no importa. Son tres, no, perdón, son cuatro los que planean frente a mis ojos. Son enormes, hermosos, imperiales. Al verlos, comprendo porque los antiguos los consideraban los mensajeros de los dioses.

Ya no quiero volver. Quiero seguir esperando. “Faltan 16”, bromeo con los comuneros que de buenas gentes nomás se quedaron conmigo hasta el final. Ellos sonríen. Ellos están satisfechos porque los kuntur no fallaron. Bueno, casi nunca lo hacen en Chonta, el mirador que no está ni tan cerca ni tan lejos del Cusco. Por eso es una tentación viajera que anima a cambiar de planes y a romper itinerarios.

septiembre 20, 2025