Cusco: decepciones viajeras y amorosas

La primera vez que viajé al Cusco lo hice por amor. No era un amor por la cultura andina o el legado arqueológico. Tampoco sentía una pasión desbordante por las grandes aventuras por los caminos cordilleranos. Aquella travesía auroral fue impulsada por los latidos de mi corazón y las ansias de reencontrarme con ella, sí, con ella, que había migrado a la “Capital Histórica del Perú”.

Y, como suele suceder con las primeras veces, esa breve escapada de fin de semana fue inolvidable, aunque no por las razones que avivan la añoranza de la gran mayoría de turistas que visitan la “Ciudad Imperial”. En mis recuerdos no hay visiones de Saqsaywaman, Ollantaytambo o Pisac… ni siquiera de Machu Picchu. Solo unas cuantas remembranzas de la plaza de Armas, San Blas y el Qoricancha.
Todo por culpa de ese reencuentro soñado que terminó en pesadilla. Mi corazón se quebró en la legendaria capital de los incas. Ya en casa, el tiempo remendó las heridas abiertas, entonces, lo que en un principio fue un sentimiento de inquina contra el principal destino del Perú, fue convirtiéndose en un deseo de reivindicación y venganza. Tenía que volver, pero por las razones correctas.

La ciudad no tenía la culpa. Solo fue el escenario fortuito de un desenlace inesperado. No existía ninguna razón valedera para el resentimiento. Todo lo contrario. Era necesario y perentorio volver con la intención de enamorarme de sus calles y plazas, de sus pueblos y valles, de sus llaqtas y fortalezas prehispánicas, de sus iglesias católicas y de sus templos al sol y a la luna.
En mi retorno descubriría que los cronistas españoles no mentían cuando resaltaban la grandeza y monumentalidad de la capital incaica. También me convencería de que los destinos merecen una segunda oportunidad y decretaría que el “jamás volveré” no sería parte de mi filosofía andariega. Y es que ningún lugar debería quedar marcado por una mala experiencia o incidente aislado.
Reconciliado con el Cusco

Soy consciente de que es extraño contar una pena amorosa en un texto turístico. No te asustes, no voy a convertir este espacio en algo así como un consultorio para los corazones dañados en las rutas. Ese no es mi propósito, al menos que te animes a contarme tus penas camineras… ¡Mentira! Es solo una broma para demostrarte que no estoy triste ni invadido por la nostalgia.
Lo que quiero dejar en claro es que, así como al amor le solemos dar otra oportunidad, no es una necedad o un error volver a un lugar en el que no la pasamos bien. Bajo esa misma lógica y perspectiva, no hay que desanimarse si las experiencias de otros viajeros no fueron satisfactorias. Cada travesía es única y lo que les sucedió a otros, no te pasara a ti necesariamente.
Eso aplica para lo bueno y lo malo. Las vivencias, sensaciones y sucesos no se replican ni se repiten. Cada uno disfruta a su manera y de acuerdo con sus propios intereses y sensibilidad. No se trata de desdeñar los consejos y recomendaciones de otros viajeros. Todo lo contrario. Hay que tomar en cuenta esos comentarios, pero siendo conscientes de que cada travesía es única.

Si a alguien le dio soroche, le cayó mal la comida, se quedó varado en la carretera o no le gustó una circuito, no significa que eso le sucederá a todos los turistas. De otro lado, si viviste una situación desagradable en determinado destino, no le pongas la cruz. Tómate un tiempo y dale otra oportunidad. En los viajes, a diferencia de las películas, las segundas partes suelen ser buenas, digamos que hasta geniales.
Lo sé por experiencia. Regresé al Cusco a pesar de mi corazón roto, entonces, descubrí que mis pasos aventureros borraron los recuerdos tristes. Esa fue mi primera revancha, mas no la única. Hay otras, muchas otras porque aprendí que los “malos momentos” —los nuestros y los de los demás— son advertencias y enseñanzas que nos ayudan a evitar los errores y minimizar los contratiempos.
El bloqueo de los “cocaleros”

Foto: captura Agencia Peruana de Noticias Andina
Los “cocaleros” bloqueaban la carretera. Ellos protestaban por los bajos precios de las hojas sagradas de los incas que se comercializan de manera legal. Su medida de lucha me impedía llegar a Quillabamba, la capital de la provincia de La Convención (Cusco). Los días pasaban. Mi impaciencia crecía. Si el conflicto no se solucionaba pronto, tendría que volver a casa sin cumplir mi itinerario.
“No se arriesgue. Mejor espere”, me aconsejaba el recepcionista de mi hospedaje cusqueño. “No hay pase y allá todo está cerrado”, me informaban los transportistas que van y vienen del “ombligo del mundo” a la “pampa de la luna”. Sus unidades parten de la avenida Lorena (barrio Santiago) y el viaje dura alrededor de 5 horas. El precio de los pasajes fluctúa entre los 35 y los 50 soles.
Sí, “la pampa de la luna”, en español, porque en quechua “quilla” es luna y “bamba” es pampa; pero yo no quería ir a esa ciudad de verdor para aprender quechua. Mi plan era partir hacia la comunidad de Ivochote (5 h por carretera) con el propósito de cruzar el pongo de Mainique, la puerta fluvial que conecta las montañas andinas con los bosques amazónicos de la Selva Baja.

Foto: captura Agencia Peruana de Noticias Andina
Acción, adrenalina y naturaleza en su máxima pureza en un cañón de 3 km de largo y tan solo 45 metros de ancho. Sus rápidos, sus caídas de agua, sus acantilados cubiertos de verdor que superan los mil metros de altura, lo convierten en un auténtico desafío fluvial. Solo los navegantes expertos y los viajeros más osados se atreven a surcar las aguas bravías de este sector del río Urubamba.
Quise ser uno de ellos, pero el paro se prolongó. Mis planes se frustraron. Desde entonces, el pongo es un destino pendiente que ansío explorar este año, entre abril y noviembre (los mejores meses para cruzarlo). Es tiempo de revancha. Es tiempo de conocer el Santuario Nacional de Megantoni (Mainique está dentro de esta área protegida) y uno de los lugares sagrados del ancestral pueblo matsigenka.
Dos soles de deuda

Otro viaje, otro lugar anhelado en el Cusco: Tres Cruces de Oro, un mirador natural en la provincia de Paucartambo. Otro destino que jamás olvidaré, aunque no por las razones correctas. Y es que mi excursión estuvo lejos de satisfacer mis expectativas, pero no por culpa de un amor que dejó de ser correspondido ni por las protestas de los combativos “cocaleros” de La Convención.
La culpa fue del horizonte, la niebla, el sol y quizás hasta de la luna. Todos complotaron para que mi experiencia en el mirador no fuera lo que realmente es. De nada me sirvió salir de madrugada de Paucartambo (2906 m s. n. m.), el pueblo andino y colonial a 105 km del Cusco que, del 16 al 19 de julio, reza, canta y baila en honor de su “mamacha”, la querida la virgen del Carmen.
Tampoco fue recompensada mi estoica espera del despertar del día a 3700 m s. n. m. No era el único, éramos varios los que soportábamos el frío que calaba los huesos con la esperanza de observar el “rayo blanco”, un extraño fenómeno que genera una distorsión visual que hace aparecer “mágicamente” tres soles en el horizonte. Este se presenta especialmente entre el 20 y el 22 de junio (solsticio de invierno).

Foto: captura del blog de Luis Miranda
Eso es lo que dicen. Eso es lo que no vi en aquella jornada en el “Balcón del Oriente”, como también se le conoce a este destino localizado a 45 km de Paucartambo (90 min de ascenso por carretera). Los tres soles no aparecieron en el cielo que se desprendía con pereza y entre fulgores intensos de la sombras de la noche, develando el panorama boscoso del parque nacional del Manu.
No voy a mentirles, fue un bello amanecer, pero no el que esperaba. ¡Mala suerte! Los viajes no son perfectos. Siempre se presentan imponderables, decepciones y sinsabores que estropean nuestros planes. ¡Bah!, no importa hay que persistir y enrumbar —una o más veces— hacia los destinos pendientes y a lugares que no disfrutamos al máximo por diversos motivos.
Así son las rutas y por eso nos encantan. ¿No es cierto?

febrero 25, 2026