Cusco: descubriendo el Valle Sur

Si retrocediéramos en el tiempo, en este momento no estaría yendo y viniendo de un lado para el otro del portal o puerta de piedra que está al lado de una carretera que va al sur o más al sur. Eso sería imposible. En el pasado —ese pasado que imagino bajo un sol brillante— un custodio me estaría preguntando con gesto de pocas pulgas porque quiero entrar o salir del “ombligo del mundo”.

Si retrocediéramos en el tiempo, yo no sería un viajero que anda turisteando entre antiguas paredes de piedra convertidas en vestigios arqueológicos. Nada de eso. Tal vez, solo tal vez, me ocuparía de algunas funciones administrativas —no me veo como gobernante ni guerrero, mucho menos como sacerdote— en el “pueblo de pulgas” construido por los hombres del primer imperio del mundo andino.

En ese viaje en el tiempo, me olvidaría de las fotos, los textos y las historias de camino, para sembrar y cosechar en los andenes o terrazas agrícolas habilitadas en las faldas montañosas por los “Hijos del Sol”; mientras los sacerdotes y otros personajes importantes del Tawantinsuyo, le rinden pleitesía al agua que hace fértil a la Madre Tierra en “este lugar en ebullición o que está hirviendo”.

En ese viaje en el tiempo, escucharía una lengua extraña en un templo que no se parece al de mis divinidades. Allí, viendo pinturas y murales de ángeles y demonios, me hablarían de un ser Todopoderoso al que no podía ver, a diferencia del sol, la tierra y las montañas. También del cielo y el infierno, entonces, me invade la confusión en aquellos lugares que son llamados las “casas de Dios”.

Travesía en el tiempo en el llamado Valle Sur, donde mi imaginación se desató. Y me sentí un caminante interrogado en Rumicolca, la puerta de entrada y salida del Cusco; un funcionario wari en el centro administrativo de Pikillaqta; un campesino que hace producir los andenes de Tipón y, finalmente, un hatun runa (gente común) adoctrinado en un templo colonial.

Un valle histórico

Una ruta con muchas atracciones. Un destino al que es fácil llegar y al que puedes ir y volver en una sola jornada en un tour o utilizando el transporte público. Si quieres viajar e imaginar la historia enrumba tus pasos aventureros hacia las zonas arqueológicas prehispánicas y los templos coloniales barrocos del Valle Sur del Cusco, un espacio geográfico paralelo al cauce del mítico río Urubamba.

No lo confundas con el Valle Sagrado de los Incas. Ese es otro destino. También lo debes recorrer porque es hermoso. Total, como solemos decir los peruanos “uno es ninguno” y “no hay primera sin segunda”. Bueno, también afirmamos que la “tercera es la vencida”, en ese caso, tendrías que enrumbar, por ejemplo, al valle de Kosñipata, la verde y montañosa antesala de la reserva de biosfera del Manu.     

Lo mejor es dejarlo ahí para evitar aquello de que “no hay quinto malo”. Si eso sucediera, este texto perdería el rumbo y se alejaría del sur, ese sur en el que los wari construyeron un centro administrativo antes del apogeo de los Hijos del Sol, ese sur en el que los incas le rendían culto al agua que nutría a la Pachamama; ese sur en el que las casas del Dios de la conquista son auténticas obras de arte.

Aquí sentirás la energía andina, te acercarás a la historia cusqueña, imaginarás el pasado prehispánico en las fuentes de agua de Tipón y en las cerca de 700 estructuras de piedra de Pikillaqta. Al final del recorrido, pensarás en Dios y en el diablo al ver los altares de pan de oro y los impactantes murales y pinturas de la capilla de Caninunca y de los templos de Huaro y Andahuaylillas.

Por esa y otras razones, como los chicharrones de Saylla, los cuyes al horno de Tipón, que se acompañan con rocoto relleno y pastel de fideo, y los enormes panes de Oropesa —circulares como los disco de larga duración— el Valle Sur es una “apetitosa” ruta viajera que mantiene su quietud y tranquilidad. Dos características difíciles de encontrar en los principales destinos turísticos del planeta.

Razones para explorar el valle

Ir o no ir es el dilema clásico de los viajeros cuando la ruta que los tienta no es la más popular. Como no quiero que eso te suceda, te daré varias razones para que te despojes de las dudas al momento de planificar tu excursión al Valle Sur, con su rosario de zonas arqueológicas y templos, localizados en los distritos de Oropesa, Lucre y Andahuaylillas, todos en la provincia de Quispicanchi.

Empecemos. Primera razón: su cercanía y accesibilidad. La distancia entre el Cusco (3400 m s. n. m.), la “Capital Histórica del Perú” y el parque arqueológico de Tipón (3560 m s. n. m.), el primer atractivo del circuito, es de tan solo 25 km (tiempo de viaje: 40 min aprox). Mientras que el punto más alejado, la capilla de la Virgen Purificada de Canicunca (3250 m s. n. m.), se encuentra a 45 km.

¿Qué te parece? ¿Ya te estás animando? Paciencia, tu entusiasmo crecerá al conocer la segunda razón: visitar el Valle Sur por cuenta propia es facilísimo. Solo tienes que subir y bajar del transporte público. Ten en cuenta que todos los atractivos están al lado o muy cerca de la carretera Cusco-Puno, la ciudad del lago Titicaca. A esta vía se le conoce como la Ruta del Sol.

El paradero al Valle Sur se encuentra frente al Hospital Regional del Cusco (avenida de La Cutura s/n). Hay buses, vanes y taxi colectivos. Estos parten constantemente, así que no deberías tener mayores problemas para movilizarte (lleva sencillo o billetes de baja denominación). Ahora bien, si quieres evitar las esperas, los operadores locales ofrecen tours grupales o privados.

Otra opción es alquilar un taxi que te acompañe durante todo el recorrido. Es posible, pero es costoso. Evalúalo antes de decidir. Lo principal es que te atrevas a explorar este circuito ajeno a las multitudes, las prisas y el bullicio. Aquí disfrutarás plena y tranquilamente de cada visita y recorrido. Esa es la tercera razón para dejar de lado el clásico ir o no ir que preocupa a los viajeros.

Lo atractivos que te esperan

Y hay más razones. Tipón, “el lugar de ebullición” o el “lugar que hierve” es una maravilla de la ingeniería hidráulica. Localizada en la comunidad de Choquepata (distrito de Oropesa), fue un templo erigido en honor al agua durante el gobierno de Huiracocha. Andenerías, fuentes, canales y hasta un tramo del camino inca, resaltan es este parque arqueológico rodeado de montañas y verdor. 

Es solo el principio. Tu aventura continúa en Pikillaqta, “el pueblo de las pulgas” o “la pequeña ciudad” (dos traducciones de su nombre), aunque eso es solo un decir. Este centro administrativo habría albergado hasta 10 000 personas. Obra de los wari o huari, el primer imperio andino, la llaqta preincaica tiene paredes de piedra con apariencia de murallas. Se encuentra a 30 km del Cusco y a 3250 m s. n. m.

Al frente de Pikillaqta está Rumicolca (“portal o puerta de piedra” en español). Monumental e imponente, en tiempos prehispánicos fue una especie de aduana o garita de control para los viajeros que pretendían llegar o salir del Cusco. En el esplendor del Tawantinsuyo, el Valle Sur era una zona estratégica que conectaba al “ombligo del mundo” con el Altiplano y la Amazonía.

En el Valle Sur resalta la belleza de la laguna Huarcapay, uno de los lugares favoritos de los observadores de aves. La verás desde Pikillaqta y durante el trayecto al templo de San Pedro Apóstol de Andahuaylillas. La llamada “Capilla Sixtina de América” es la primera parada en la Ruta del Barroco Andino en el Valle Sur. Un circuito religioso que inspira, asombra y cautiva más allá de la fe.

Arquitectura y arte divino en Andahuaylillas, en el templo de San Juan Bautista de Huaro y en la capilla de la Virgen Purificada de Canicunca, donde su fachada advierte al visitante que “si deseas que tu tristeza, se convierta en alegría, no pases alma ingrata, sin rezar un Ave María”. ¿Será cierto? Atrévete a comprobarlo cuando tus pasos te lleven al Valle Sur del Cusco. ¡Tu próximo destino!

enero 4, 2026