Manu: aventura en la Amazonia peruana

Acampamos en una playa del río en una noche de lluvia, rayos y truenos. Dormir en las carpas era parte del plan original, lo que no estaba previsto era que el cielo decidiera venirse abajo en la llamada temporada seca o “seca”. Sí, mejor entre comillas porque en este bosque, en esta selva, en este pulmón del planeta, los “diluvios” ignoran las estaciones y se desatan en cualquier momento.
“Es parte de la aventura”, nos animaba el guía, mientras se armaban las carpas lejos de la orilla fluvial. Lo hacían por precaución. La experiencia enseña que los cauces no son confiables. Estos suelen crecer y tornarse voraces en las noches tempestuosas… “y ustedes no quieren empezar a ‘navegar’ en lo mejor de sus sueños”, bromearían los conocedores cuando la precipitación se envalentonó.
«Y si no era una broma sino una advertencia», pensé preocupado. En aquel entonces mi experiencia en la selva era limitada. Solo unos cuantos días en albergues cercanos a Iquitos o Puerto Maldonado (dos de las principales ciudades de la Amazonía peruana). Esta era la primera vez que me atrevía a explorar el corazón boscoso y biodiverso del parque nacional y reserva de biosfera del Manu.

Atrás quedó el Cusco con su herencia arqueológica y el pueblo de Paucartambo con sus calles serenas y su devoción a la virgen del Carmen –celebrada en julio hasta por los mismísimos diablos-. También el bosque nublado y el mirador de Acjanaco con su vista privilegiada de cumbres, cursos de agua y vegetación exuberante. Ahora, el “mundo”, mi “mundo” es una llanura verde y calurosa.
Aquí no hay ciudades colapsadas por la rutina, solo pueblos rurales con pinceladas de modernidad, pequeñas y distantes comunidades nativas y grupos humanos no contactados. Ajenos e indiferentes a los avances tecnológicos de nuestra aldea global, su existencia depende de sus andares de nómade, sus conocimientos ancestrales y su capacidad para pescar, cazar y recolectar frutos.
Recuerdos en el bosque

Fue una broma. Ninguna carpa se convirtió en balsa o canoa en esa noche tempestuosa que despertó con un horizonte diáfano y esplendoroso que no encajaba con las últimas visiones del día anterior. Aquellos rayos espectaculares y el ensordecedor estallido de los truenos, reaparecen en mi memoria cuando recuerdo y escribo sobre ese viaje precursor.
Han pasado más de 20 años, pero todavía siento que estoy ahí — entre la fascinación y una pizca de miedo — contemplando esa lluvia torrencial y explosiva que se desató en una playa sin nombre del río Manu. Ese espectáculo natural que no estaba escrito ni anunciado en un ningún tour o itinerario fue una de las vivencias más intensas en un destino donde todo era una sorpresa.
Desde la inmensidad de los ríos hasta el hallazgo de una tarántula en la cubierta de tu bolsa de dormir. Desde el avistamiento de un oso hormiguero dándose un banquete hasta la quietud de los caimanes que parecen estatuas cuando toman el sol. Desde la serena navegación en un lago hasta las caminatas por trochas embarradas en las que encuentras bichos diminutos y árboles gigantescos.

Y tanto recordaba esos días de aprendizaje y acercamiento a la flora y fauna amazónica, que mis pasos me llevarían de vuelta al parque nacional del Manu. Localizado en las regiones Cusco y Madre de Dios, esta inmensa área natural protegida de 1 716 295, 22 hectáreas de extensión, conserva “muestras representativas de diversidad biológica de la selva tropical del sudeste del Perú”.
Eso no me lo contó el guía en ese viaje el que dormí en plataformas (estructuras de madera sin paredes) y en carpas, en el que almorcé en el bote y exploré el bosque con una linterna en la mano. Eso lo averiguaría después, en la página del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado, cuando preparaba mi segundo viaje al Manu.
De vuelta al bosque

El itinerario se repite. La partida en Cusco (3400 m s. n. m.), el viaje por carretera a Paucartambo y al bosque nublado, el descenso final hacia Pillcopata y Atalaya, donde se abandona el bus, la van o la camioneta para empezar a navegar por el río Alto Madre de Dios. El viaje es un deleite visual y, al mismo tiempo, una enriquecedora lección de geografía.
Y es que el parque nacional del Manu no solo es llanura Amazónica. Es puna que bordea los 4000 m s. n. m. Es bosque con nubes casi perpetuas en el cielo. Es selva baja que alberga una enorme biodiversidad de flora y fauna, incluyendo especies representativas como el otorongo o jaguar, la sachavaca o tapir, el lobo o nutria de río, los ronsocos o capibaras, entre otras especies.
“La diversidad biológica que alberga el PNM se manifiesta en todo su potencial en un paisaje único en el planeta”, se lee en la página oficial del Sernanp. A diferencia de otro lugares del mundo, los procesos ecológicos y evolutivos en los bosques tropicales del Manu se han realizado casi sin la presencia del hombre, “no obstante, en la zona existe también una enorme riqueza cultural”.

Sí, tenía que repetir mis días de exploración en este destino único. Ansiaba zarpar nuevamente desde Atalaya para reencontrarme con la naturaleza e internarme en los territorios atávicos de los yora, mashko-piros, harakmbut y matsigenka. Quería navegar en las noches buscando caimanes o caminar por un sendero sinuoso donde la vida se expresa en múltiples formas, colores y sonidos.
Ahora estoy en el bosque, en el río, en un lago. Veo a una bandada de guacamayos que colorean el horizonte, a una pandilla de monos que hacen acrobacias en las ramas, a unas garzas estilizadas y delgadas que posan en las orillas. Volví para eso. Volví para respirar aire puro, sentir la sombra protectora de los árboles y la quietud de las cochas. También para conocer la cultura de los pueblos originarios.
Experiencia vivencial

No hay rayos ni truenos, al menos no tan intensos como la primera vez. Tampoco acampo en la vera del río ni duermo en una plataforma. Los años no pasan en vano y en mi retorno al verdor, la Casa Matsiguenka —un albergue rústico, pero acogedor administrado por las comunidades nativas— es mi “centro de operaciones”, además de un aula abierta y hasta una cancha de fútbol sin césped.
Los matsigenkas me enseñan a hacer fuego con un par de ramas, a usar sus arcos y sus flechas, a tejer sus cushmas (túnicas tradicionales), a “limpiar” las trochas blandiendo un machete, a interpretar el lenguaje del bosque. Explorar con ellos te hace ver la selva con otros ojos, ojos de entendimiento, ojos de comprensión, ojos de indignación frente a aquellos que buscan destruir este magnífico ecosistema.
“Los mismos lugares, vivencias distintas”, reflexiono, mientras escucho los portentosos alaridos del mono coto o aullador. Creo que está cerca y pienso que es un animal enorme y amenazante. Me equivoco. Esta especie no es violenta. Su “vozarrón” se escucha a grandes distancias solo para anunciar su presencia y alejar de su territorio a otros ejemplares de su especie.

Aquí las apariencias y los sonidos engañan. Un pequeño insecto se hace escuchar como si fuese una fiera, mientras que una serpiente que genera espanto es inofensiva. “Mirar y preguntar antes de tocar o ¡de escapar!”, es la consigna que me guía —medio en serio, medio en broma — en las rutas amazónicas. Pero hasta ahora nunca me he escapado de la selva.
Si de la ciudad que me abruma con sus prisas. Esas prisas que se “ahogan” en las aguas de los ríos, que se “refrescan” con las lluvias inesperadas, que se pone en pausa cuando busco un ave entre el follaje. Hoy que añoro las vivencias y lecciones que aprendí con los hijos del bosque, me pregunto qué sucederá en mi tercera vez en el Manu… esa tercera vez que será la vencida.

septiembre 20, 2025