Cusco: historias de amores y conquistas

Viajar va mucho más allá de conocer lugares y acercarse a diversas culturas. Las travesías son ideales, también, para relacionarse con otros turistas y con los ciudadanos de los destinos visitados. Hacer amigos de distintas nacionalidades, conseguir un inesperado compañero de ruta o iniciar una amena conversación en una plaza, un café o, tal vez, en un bar, son parte de la aventura de explorar el planeta.
La mayoría de las veces esas relaciones se acaban o se debilitan cuando los caminos se separan. Uno vuelve a su mundo, a su rutina y a las amistades de siempre, entonces, aquellos momentos compartidos lejos de casa se convierten en un bonito recuerdo. Y es que muy rara vez se concretan los reencuentros o se cumplen las promesas o planes de enrumbar juntos hacia otro punto de nuestra casa global.
Desde mi experiencia son escasas las ocasiones en los que la afinidad surgida en una travesía sobrevive a la distancia y al tiempo. Sucede lo mismo con los “amores” de ruta. La pasión que surge de manera espontánea o es “trabajada” con dedicación y esmero por aquellos que entienden que el romance es parte de su itinerario, empieza a extinguirse cuando llega la fecha del retorno a lo cotidiano.

Son cosas que suceden. A veces queriendo y otras sin querer. El amor se va de viaje y los corazones se encuentran (y acompañan) en los caminos. Es sabido que las flechas de Cupido o San Valentín hacen blanco en los andariegos solitarios. No importa la edad ni la procedencia, la cultura ni el idioma. Tampoco el destino. El chispazo puede surgir en el lugar y en el momento menos pensado.
Tan impensados como este texto en el que no revelaré historias de amor ni elaboraré una guía de sitios románticos en Perú; y, menos aún, escribiré consejos para ligar en el Cusco. No soy un experto en el tema y, si lo estoy tratando, es porque la cercanía del 14 de febrero y de los carnavales, avivaron algunos recuerdos sobre “relaciones internacionales” en la antigua capital incaica.
¿Destino romántico?

Si bien cada vez más parejas llegan al Cusco para casarse en una iglesia colonial o en un apacible rinconcito del Valle Sagrado, el “ombligo del mundo” no es considerado un destino romántico ni particularmente atractivo para los viajeros solteros en busca de su “media naranja”. Será porque en la “Capital Histórica del Perú” no hay playas idílicas y tampoco la historia de un Romeo o una Julieta andina.
Eso no significa que el amor no germine en los corazones andariegos. Basta con recorrer el Centro Histórico o hacer un “tour” nocturno por las discotecas, bares y pubs de la ciudad, para darse cuenta de que explorar zonas arqueológicas, recorrer caminos ancestrales y descubrir las raíces prehispánicos, no son los únicos intereses de los visitantes.
Aventuras cosmopolitas. Conquistas entre bailes y brindis. Amor intercultural bajo el influjo de la Pachamama y de los Apus. Y es que ni el frío ni el soroche (mal de altura) ni las expediciones extenuantes son obstáculos para encender la coquetería y el galanteo en el Cusco. Un Cusco que no solo es historia y arqueología, pasado y herencia cultural. Es, también, sentimiento, amistad y pasión.

Un “tour” sin agencias ni itinerarios por los caminos del corazón. Un “tour” sin guías ni orientación especializada; aunque eso va a cambiar si sigues leyéndome porque ahora, justo ahora, te presentaré a unos personajes cusqueños que son expertos en las “relaciones internacionales”. Su “arte” y “oficio” no es nuevo, este tuvo su origen en los 60 del siglo pasado.
Antes de continuar, aclaro que no soy uno de ellos. Si conozco sus estrategias de conquista y enamoramiento es por una cuestión meramente profesional. Hace varios años, viajé exclusivamente a la ciudad fundada por Manco Capac y Mama Ocllo, para “investigar” el comportamiento de los “bricheros” o “bricheras”, los hombres y mujeres que se especializan en enamorar a las y los turistas.
Los conquistadores cusqueños

Aquel viaje de “investigación periodística” coincidió con dos fechas ligadas a la amistad, la alegría y los caprichos del corazón: el Día de los Enamorados (14 de febrero) y los carnavales, la celebración transgresora que año a año cambia de fecha por estar relacionada a la cuaresma católica. Así que podría decirse —aunque la frase se lea un poquito cursi— que el amor se respiraba en el aire.
El carnaval andino es sinónimo de enamoramiento y fertilidad. Los jovencitos aprovechan el jolgorio, las danzas, las yunzas, las fiestas de compadres y comadres, los juegos con agua y el divertido descontrol —y a veces hasta el anonimato que generan los disfraces— para cortejar con picardía e irreverencia a las muchachas bonitas que alborotan los latidos de su corazones.
Recuerdo que el desfile carnavalero en la plaza de Armas, fue ideal para observar el comportamiento de los bricheros (del inglés bridge, puente). Sí, allí estaban ellos, con sus pelos largos y sus vestimentas de diseños andinos, buscando una turista con la cual iniciar una conversación en inglés básico o spanglish. Hello, qué tal, cómo te llamas, where are you from. Esa es una de las estrategias de acercamiento utilizadas por los llamados “cazadores de gringas”.

De su habilidad, encanto y de la buena disposición de su interlocutora, dependerá su éxito. Por lo general, ellos se muestran como profundos conocedores de la cultura andina. Hablan en quechua y hacen referencia a mitos, leyendas y rituales como la lectura de la hoja de coca o la toma de la ayahuasca. Los más avezados hasta se atreven a presentarse como descendientes de los incas.
La reivindicación de las raíces andinas es crucial para sus propósitos e intenciones amorosas. Muchas viajeras se sienten atraídas por el aura mística que ellos irradian o se esfuerzan por irradiar. Total, suele decirse que los opuestos se atraen y, según parece, las diferencias culturales son irresistibles en tierras cusqueñas. Imagina volver a casa y contar que conociste al tataranieto de un sinchi o un chasqui.
Amores internacionales

La plaza de Armas, el barrio de artesano de San Blas, los bares, pubs y discotecas, son algunos de los centros de operaciones de los cazadores. Ahí buscan a su siguiente conquista. ¿Por qué lo hacen?, pregunté aquella vez a varios cultores de este “oficio”. “Diversión, pasarla bien, demostrar que un cusqueño puede enamorar a las gringuitas”, me dijeron.
Un “brichero” de antaño, me comentó que cuando aparecieron los primeros galanes andinos, el objetivo era que la eventual pareja fuera el “puente” para abandonar el país, tanto así que “varios ‘colegas’ se casaron y se fueron a Europa y Estados Unidos”. Hoy las cosas son distintas. Se busca pasarla bien y que por unos días la pareja te lleve e invite a varios lugares. “Que te engrían, pues”.
En mis conversaciones todos coincidieron en un punto: ellos no piden dinero ni actúan con maldad. Las invitaciones son voluntarias. Nacen de la eventual pareja. Agregaron que no fuerzan las situaciones y que todo surge de la conversación y de su encanto. “Muchas turistas quieren conocer a hombres como nosotros porque somos diferentes”, me aseguró uno de mis entrevistas en el furor del carnaval.

Y así como amar no es un delito, “brichear” tampoco lo es. Eso sí, es bueno saber las reglas del “juego” antes de participar en él. Desde esa mirada, tengo que “chismearte” una cosita más: no solo los hombres se dedican a esta “actividad”. También hay “bricheras”. Ellas, a diferencia de los varones, andan bien arregladitas y no apelan tanto a lo ancestral y a lo místico.
Sus estrategias son distintas. Las «bricheras» son dulces, tiernas y modosas. Los extranjeros las encuentran en las discotecas. Ahí esperan a que las saquen a bailar o les inviten un trago. Ese es el principio. Lo que ocurre después es fácil de imaginar. Si está bien o está mal es otro cantar. Quién soy para juzgar. Quién soy yo para entrometerme en las cosas del amor y las “relaciones internacionales” en el Cusco incaico, en el Cusco cosmopolita.

febrero 17, 2026